La idea de que la menopausia «empuja» a una pareja a la infidelidad circula con mucha seguridad y con muy poca evidencia detrás. Lo que sí está documentado es otra cosa: la mediana edad concentra varios cambios a la vez, y la coincidencia temporal se confunde con causa.
Es una consulta frecuente y suele llegar formulada como una sospecha: «desde la menopausia todo cambió». A veces lo dice la mujer, convencida de que su cuerpo es el problema. A veces lo dice él, como explicación de algo que ya ocurrió. En ambos casos el relato atribuye a una transición hormonal un fenómeno —la infidelidad— cuyos predictores conocidos son mayoritariamente relacionales y de personalidad, no endócrinos.
Vale la pena separar las tres preguntas que se mezclan en una: ¿cambia la sexualidad en la menopausia?, ¿aumenta la infidelidad en esa etapa?, y ¿existe relación causal entre ambas?
En 30 segundos
- No existe evidencia de que la menopausia aumente la probabilidad de que una pareja sea infiel. Ningún estudio de predictores de infidelidad identifica el estado menopáusico como factor.
- Sí cambia la función sexual: en estudios longitudinales la actividad y la respuesta sexual descienden de forma modesta a lo largo de la transición, con el síndrome genitourinario de la menopausia como causa tratable más frecuente.
- Los predictores de infidelidad con más respaldo son la insatisfacción relacional y sexual, la oportunidad, rasgos de personalidad y actitudes previas, no la edad hormonal de la pareja.
- En la mediana edad también cambia él: la prevalencia de disfunción eréctil aumenta con la edad, y la función sexual del compañero es uno de los determinantes más potentes de la actividad sexual de la pareja.
- El dolor y la sequedad tienen tratamiento con respaldo en guías. Es la intervención con mejor retorno y la que menos se ofrece.
Lo que la evidencia dice sobre los predictores de infidelidad
Cuando se estudian los factores que anticipan sexo fuera de la pareja, el estado menopáusico no aparece. Lo que aparece, de forma consistente entre estudios, es un conjunto bastante distinto: insatisfacción con la relación, insatisfacción sexual específica, actitudes permisivas previas hacia el sexo extradiádico, rasgos como la baja escrupulosidad o la búsqueda de sensaciones, y la oportunidad —redes sociales amplias, entornos laborales mixtos, viajes—.
En cuanto a las cifras, las encuestas poblacionales estadounidenses sitúan en torno al 20 % de los hombres casados y el 13 % de las mujeres casadas los que declaran haber tenido relaciones sexuales fuera del matrimonio alguna vez en la vida. Ese «alguna vez» es la clave para leer los datos por edad: las cohortes mayores declaran más porque acumulan más años de exposición, no porque la mediana edad sea un pico de riesgo. Confundir prevalencia acumulada con incidencia actual es el error que alimenta buena parte del mito.
Lo que sí cambia: función sexual en la transición
Aquí la evidencia es sólida y conviene no minimizarla. Los estudios longitudinales de cohortes de mujeres seguidas a lo largo de la transición menopáusica —el SWAN en Estados Unidos, el proyecto de Melbourne en Australia— muestran descensos en la frecuencia de actividad sexual, en la excitación y en la lubricación, con aumento del dolor durante el coito. El efecto es real pero moderado, y se explica solo en parte por el descenso de estradiol.
El factor que más pesa no es hormonal
El hallazgo más repetido de esa literatura es que los determinantes relacionales —la calidad del vínculo, la disponibilidad de pareja, la salud y la función sexual del compañero— predicen la actividad sexual en esta etapa mejor que los niveles hormonales. Es un dato con consecuencias prácticas: cuando una pareja de mediana edad deja de tener relaciones, el problema se atribuye por defecto a la menopausia de ella y casi nunca se explora la función eréctil de él, cuya prevalencia aumenta claramente con la edad.
Por qué el mito resulta tan convincente
Porque la mediana edad acumula transiciones. En el mismo tramo de años suelen coincidir la menopausia, la salida de los hijos del hogar, el punto más bajo de la curva de satisfacción conyugal descrita en estudios longitudinales, la carga de cuidado de los padres mayores y, con frecuencia, un replanteamiento laboral. Si en ese contexto aparece una infidelidad, el elemento más visible y más corporal —la menopausia— se convierte en la explicación disponible.
También cumple una función menos inocente: desplaza la responsabilidad. Atribuir una decisión a la fisiología de la otra persona exime de explicarla. Vale la pena nombrarlo, porque en consulta esa atribución hace daño y no es cierta.
Qué sí tiene solución
El síndrome genitourinario de la menopausia —sequedad, ardor, dolor con la penetración, síntomas urinarios— es frecuente, progresivo si no se trata y tiene opciones con respaldo explícito en las posiciones de las sociedades de menopausia: hidratantes y lubricantes, terapia local de baja dosis y, en casos seleccionados, alternativas sistemémicas. La indicación y la elección corresponden a valoración médica individual, pero el mensaje importante es que el dolor no es algo que haya que aceptar como parte de la edad.
Y en el plano de la pareja, lo que la evidencia respalda es poco glamuroso: evaluar a los dos miembros, no solo a uno; tratar el dolor antes de interpretar la evitación como falta de deseo; y abordar la insatisfacción relacional, que es el predictor real, en lugar de vigilar un calendario hormonal.
Preguntas frecuentes
¿La menopausia aumenta el riesgo de que mi pareja me sea infiel?
No hay evidencia de que lo haga. Los predictores documentados de infidelidad son relacionales, actitudinales y de personalidad, además de la oportunidad. El estado menopáusico no figura entre ellos en la literatura disponible.
¿Es inevitable que baje el deseo en la menopausia?
No es inevitable y varía mucho entre mujeres. En promedio hay un descenso modesto, pero una parte importante de lo que se vive como «falta de deseo» es en realidad evitación de un acto que duele. Tratar el dolor cambia el cuadro con frecuencia.
¿Por dónde empezar si llevamos años sin relaciones?
Por una evaluación de los dos. En ella: síntomas genitourinarios y dolor en ella, función eréctil y factores cardiometabólicos en él, fármacos de ambos, y calidad de la relación. Empezar solo por las hormonas de uno de los dos explica la minoría de los casos.
Para seguir: qué cambia realmente en el cuerpo y qué cuidados siguen indicados en salud sexual y menopausia, y cómo pesa la oportunidad frente a la insatisfacción en infidelidad en el trabajo.
Sexualidad Basada en Evidencia. Ciencia, sin moralina y sin humo.
Referencias
- Avis NE, Colvin A, Karlamangla AS, et al. Change in sexual functioning over the menopausal transition: results from the Study of Women’s Health Across the Nation. Menopause. 2017;24(4):379–390.
- Dennerstein L, Lehert P, Burger H, Dudley E. Factors affecting sexual functioning of women in the mid-life years. Climacteric. 1999;2(4):254–262.
- The 2020 Genitourinary Syndrome of Menopause Position Statement of The North American Menopause Society. Menopause. 2020;27(9):976–992.
- Atkins DC, Baucom DH, Jacobson NS. Understanding infidelity: correlates in a national random sample. J Fam Psychol. 2001;15(4):735–749.
- Mark KP, Janssen E, Milhausen RR. Infidelity in heterosexual couples: demographic, interpersonal, and personality-related predictors of extradyadic sex. Arch Sex Behav. 2011;40(5):971–982.

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