De todos los intereses sexuales que se desvían del guión habitual, ninguno aparece tanto como el que tiene a los pies por objeto. La pregunta interesante no es por qué llama la atención, sino qué dicen realmente los datos: cuánto se repite, qué explica su frecuencia y en qué momento la psiquiatría considera que hay un problema.

El fetichismo de pies ocupa un lugar peculiar en la cultura: es a la vez el más mencionado y el más caricaturizado. Ese doble estatus —omnipresente y ridículo— hace que casi nunca se discuta con datos, y que quien lo experimenta oscile entre pensar que es rarísimo y pensar que lo tiene todo el mundo.

La literatura científica permite responder con cierta precisión a tres preguntas distintas que suelen confundirse: cuán frecuente es en relación con otros intereses, qué mecanismos psicológicos se han propuesto para explicarlo, y cuándo un interés sexual se convierte en un diagnóstico. Son tres preguntas con tres calidades de evidencia muy diferentes.

En 30 segundos

  • El estudio de referencia analizó 381 grupos de discusión en internet, con una estimación conservadora de al menos 5.000 personas, y concluyó que los pies y los objetos asociados a ellos eran el blanco más frecuente de todas las preferencias registradas.
  • En ese mismo trabajo, las preferencias por partes del cuerpo suponían el 33% del total y las dirigidas a objetos asociados al cuerpo el 30%; el resto se repartió entre conductas de otras personas (18%), conducta propia (7%), conducta social (7%) y objetos sin relación con el cuerpo (5%).
  • Ese dato no es prevalencia poblacional. Mide frecuencia relativa dentro de comunidades en línea autoseleccionadas: dice qué es más común entre quienes participan, no cuánta gente lo experimenta.
  • Las explicaciones disponibles —aprendizaje asociativo, vecindad cortical— son hipótesis sin demostración sólida. Ninguna ha superado una prueba empírica contundente.
  • El DSM-5-TR exige, para hablar de trastorno, al menos seis meses de excitación intensa y recurrente más malestar o deterioro clínicamente significativo. La ICD-11 fue más lejos: retiró el fetichismo de su lista de diagnósticos.

El estudio que fijó el ranking

La fuente que sostiene casi todo lo que se repite sobre este tema es un trabajo publicado en 2007 en International Journal of Impotence Research. Sus autores hicieron algo poco habitual para la época: en lugar de encuestar a pacientes de consulta —una muestra sesgada por definición— usaron internet como fuente de datos y examinaron 381 grupos de discusión dedicados a intereses sexuales específicos, con una estimación muy conservadora de al menos 5.000 individuos implicados.

El resultado fue una taxonomía ordenada por frecuencia. Las dos categorías dominantes fueron las preferencias por partes o rasgos del cuerpo (33%) y por objetos habitualmente asociados al cuerpo (30%). Y dentro de ese conjunto, una conclusión clara: los pies, y los objetos asociados a los pies, fueron el blanco más frecuente de preferencias de todo el estudio.

Ese es el origen real de la afirmación —cierta— de que se trata del fetiche más común. Y también el origen de un malentendido muy extendido.

Lo que el estudio no puede decir

No puede decir qué porcentaje de la población general tiene este interés. La muestra no es la población: son personas que buscaron activamente una comunidad en línea sobre su interés y escribieron en ella. Cualquier cifra del tipo «X% de la gente tiene fetichismo de pies» que circule citando este trabajo está inventada o mal leída.

Lo que sí aportan las grandes encuestas de fantasías es contexto. Joyal y colaboradores, con una muestra de más de 1.500 adultos, encontraron que muy pocas fantasías resultan estadísticamente raras cuando se pregunta de forma anónima y sistemática. La encuesta de Justin Lehmiller a más de 4.000 adultos estadounidenses apunta en la misma dirección: el catálogo de lo que la gente imagina es mucho más amplio —y mucho más compartido— de lo que cada persona supone en privado.

Por qué los pies: tres hipótesis, ninguna demostrada

Conviene decirlo de entrada: no hay una explicación establecida. Lo que existe son modelos plausibles con apoyo empírico débil, y presentarlos como hechos es el error más frecuente en la divulgación de este tema.

Aprendizaje asociativo

La hipótesis más antigua propone que un estímulo neutro adquiere valor erótico al coincidir repetidamente con la excitación, sobre todo en etapas tempranas de la biografía sexual. Explica bien la enorme variedad de objetos posibles entre culturas y épocas, pero predice mal por qué los pies y no otra cosa encabezan el recuento.

La hipótesis de la vecindad cortical

La más citada —y la más frágil— se apoya en la organización del mapa somatosensorial: la representación del pie queda próxima a la de los genitales en la corteza, y de esa vecindad se ha especulado alguna forma de contagio o solapamiento funcional. Es una analogía anatómica sugerente, no un hallazgo: nunca se ha puesto a prueba de forma que permita confirmarla o descartarla. Merece figurar como curiosidad, no como causa.

El componente de rol

Un detalle del estudio de 2007 suele pasar desapercibido y resulta revelador: un 18% de las preferencias no apuntaba a un objeto, sino a la conducta de otras personas, y un 7% a la conducta propia. Es decir, una parte sustancial de lo que se agrupa bajo la etiqueta «fetiche» tiene menos que ver con una parte del cuerpo que con un guión, un rol y una dinámica entre dos. Eso encaja con lo que se observa en las encuestas de fantasías, donde los elementos de rol y jerarquía aparecen de forma transversal.

Interés frecuente, diagnóstico raro

La distinción clínica es tajante y suele ignorarse: tener un interés sexual intenso por una parte no genital del cuerpo no constituye un trastorno. El DSM-5 amplió la definición del trastorno fetichista más allá de los objetos inanimados para incluir el foco muy específico en partes no genitales del cuerpo, pero mantuvo los dos requisitos que deciden todo.

El primero es temporal y de intensidad: excitación sexual recurrente e intensa durante al menos seis meses, manifestada en fantasías, impulsos o conductas. El segundo es el criterio de daño: esas fantasías, impulsos o conductas deben causar malestar o deterioro clínicamente significativo en el área social, laboral u otras importantes. Sin la segunda mitad no hay diagnóstico. El manual añade dos exclusiones: no cuentan las prendas usadas para travestirse ni los dispositivos diseñados específicamente para la estimulación genital.

Lo que cambió la ICD-11

La clasificación de la OMS fue un paso más allá. El grupo de trabajo encargado de los trastornos sexuales propuso renombrar la vieja categoría de trastornos de la preferencia sexual como trastornos parafílicos y, sobre todo, limitarla a los patrones de excitación que se dirigen a personas que no consienten o que se asocian a malestar sustancial o riesgo directo de lesión o muerte.

La consecuencia fue directa: ese mismo grupo recomendó eliminar de la clasificación las categorías de fetichismo, travestismo fetichista y sadomasoquismo que existían en la ICD-10, por no cumplir ese umbral. Un interés atípico practicado entre adultos que consienten y que no genera malestar dejó de ser, para la OMS, materia de diagnóstico.

Cuándo sí conviene consultar

Hay señales concretas, y ninguna tiene que ver con lo inusual del interés. Conviene una valoración profesional cuando el interés se vuelve exclusivo —la excitación resulta imposible sin ese estímulo y eso bloquea la vida sexual compartida—, cuando ocupa tiempo o dinero a costa de otras áreas, cuando genera malestar, culpa o secreto persistentes, o cuando aparece la tentación de implicar a alguien que no ha consentido. Ese último punto no es negociable: el consentimiento es el límite, no la rareza.

Preguntas frecuentes

¿Es cierto que es el fetiche más común?

Sí, con una precisión importante. Es el blanco de preferencia más frecuente en el único estudio amplio que ha ordenado los fetiches por frecuencia relativa, hecho sobre comunidades en línea. Es el más común entre los fetiches; no existe una cifra fiable de cuánta gente lo experimenta en la población general.

¿Indica algo sobre la personalidad o la infancia de alguien?

No hay evidencia que lo respalde. Las hipótesis sobre el origen son eso, hipótesis, y no permiten leer la biografía de nadie a partir de su interés sexual. Las interpretaciones que prometen lo contrario son relato, no datos.

¿Conviene contárselo a la pareja?

Es una decisión personal, pero la evidencia sobre fantasías compartidas sugiere que el factor determinante no es el contenido, sino cómo y cuándo se comunica, y que exista acuerdo real sobre qué se incorpora y qué no. Un interés muy frecuente, planteado con claridad, es mucho menos desestabilizador de lo que la mayoría anticipa.


Para seguir con la misma lógica aplicada a otros contenidos: por qué imaginamos aquello que nunca llevaríamos a la práctica se analiza en Fantasías tabú, y lo que de verdad se puede —y no se puede— deducir del contenido de una fantasía está en Fantasías y personalidad.

Sexualidad Basada en Evidencia. Ciencia, sin moralina y sin humo.

Referencias

  • Scorolli C, Ghirlanda S, Enquist M, Zattoni S, Jannini EA. Relative prevalence of different fetishes. Int J Impot Res. 2007;19(4):432-437.
  • First MB. DSM-5 and paraphilic disorders. J Am Acad Psychiatry Law. 2014;42(2):191-201.
  • Krueger RB, Reed GM, First MB, Marais A, Kismodi E, Briken P. Proposals for paraphilic disorders in the International Classification of Diseases and Related Health Problems, Eleventh Revision (ICD-11). Arch Sex Behav. 2017;46(5):1529-1545.
  • Joyal CC, Cossette A, Lapierre V. What exactly is an unusual sexual fantasy? J Sex Med. 2015;12(2):328-340.
  • American Psychiatric Association. Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fifth Edition, Text Revision (DSM-5-TR). Washington, DC: APA Publishing; 2022.

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