Las fantasías de dominación y sumisión están entre las más reportadas de la población general, y sin embargo siguen cargando con la sospecha de que algo va mal en quien las tiene. Los datos apuntan en otra dirección: son comunes, no predicen patología y su motor psicológico tiene menos que ver con el poder real que con lo que el poder permite soltar.
Pocos temas concentran tanta distancia entre el dato y la percepción. En consulta, la pregunta que llega no suele ser «¿cómo funciona esto?» sino «¿soy normal?». Y la respuesta estadística es incontrovertible: sí, con un margen amplio.
Este artículo revisa qué sabemos sobre prevalencia, qué perfil psicológico muestran quienes practican intercambio de poder consensuado, qué hipótesis explican el atractivo del rol y dónde está la línea clínica que sí importa.
En 30 segundos
- En una muestra de 1.516 adultos, el 64,6% de las mujeres y el 53,3% de los hombres declaró haber fantaseado con ser dominado sexualmente; dominar a alguien lo reportó el 59,6% de los hombres y el 46,7% de las mujeres.
- Fantasear es muchísimo más frecuente que practicar: en la encuesta nacional australiana, solo el 1,8% de las personas sexualmente activas había participado en BDSM en el último año.
- El estudio comparativo más citado encontró que quienes practican BDSM puntuaban menos en neuroticismo y más en bienestar subjetivo que el grupo control.
- No hay evidencia consistente de que el interés en el intercambio de poder derive de abuso infantil.
- La CIE-11 y el DSM-5-TR solo consideran trastorno lo que implica malestar clínico, daño o falta de consentimiento. La práctica consensuada no es un diagnóstico.
Cuánta gente fantasea con esto: los números
La referencia más sólida sobre prevalencia de fantasías es el trabajo de Joyal y colaboradores, que encuestó a 1.516 adultos y clasificó cada fantasía según su frecuencia estadística real, no según la intuición clínica. El resultado desmontó buena parte de la categoría «inusual»: ser dominado sexualmente lo reportó el 64,6% de las mujeres y el 53,3% de los hombres; dominar a otra persona, el 46,7% de las mujeres y el 59,6% de los hombres; ser atado, en torno a la mitad de la muestra en ambos sexos.
Con esos porcentajes, la fantasía de intercambio de poder no es una excentricidad minoritaria: es una de las temáticas más extendidas que existen. Los datos de la encuesta estadounidense de Justin Lehmiller, con más de 4.000 participantes, apuntan en la misma dirección y sitúan las temáticas BDSM entre los grandes bloques de fantasía de la población general.
Fantasía no es intención
La distancia entre imaginar y hacer es enorme y conviene insistir en ella. En el estudio australiano de salud y relaciones, con 19.307 participantes, solo el 1,8% de las personas sexualmente activas había participado en actividades BDSM en los doce meses previos (2,2% de los hombres y 1,3% de las mujeres). Es decir: por cada persona que practica, hay decenas que fantasean.
Esto tiene una consecuencia clínica directa. Una fantasía de sumisión no expresa un deseo de ser dañado, igual que una fantasía de dominación no expresa un deseo de dañar. El contenido de la fantasía y la conducta deseada en el mundo real son variables distintas, y confundirlas es uno de los errores interpretativos más comunes.
¿Qué perfil psicológico tiene quien lo practica?
Durante décadas se asumió que el interés en el intercambio de poder señalaba desajuste. Cuando por fin se midió, el resultado fue el contrario. El estudio comparativo de Wismeijer y van Assen, que contrastó a 902 practicantes con 434 controles, encontró que el grupo BDSM puntuaba más bajo en neuroticismo, más alto en extraversión, apertura a la experiencia y responsabilidad, y menos en sensibilidad al rechazo, con mayor bienestar subjetivo.
La encuesta poblacional australiana llegó a conclusiones compatibles: los participantes en BDSM no tenían más probabilidad de haber sufrido coerción sexual ni de presentar malestar psicológico, y los hombres del grupo puntuaron incluso más bajo en malestar que la población general. Conviene la cautela metodológica habitual: son muestras autoseleccionadas de comunidades organizadas, no representativas de todo el que practica en privado. Pero la dirección del hallazgo es consistente y contradice frontalmente la hipótesis del trauma.
Por qué el poder excita: las hipótesis con más respaldo
Escape de la autoconciencia
La explicación teórica más influyente propone que la sumisión funciona como una salida temporal de la autoconciencia de alto nivel: la identidad adulta cargada de responsabilidad, evaluación y control. Ceder el control desplaza la atención hacia la sensación inmediata y suspende, durante un rato, la vigilancia sobre uno mismo. Encaja con un dato que sorprende a mucha gente: la sumisión se reporta con frecuencia en personas con alta carga de responsabilidad en su vida diaria.
Estados alterados de conciencia
Los estudios que han medido variables fisiológicas y cognitivas durante encuentros reales describen cambios reproducibles: alteraciones en el cortisol, reducción transitoria del rendimiento en funciones ejecutivas en quien ocupa el rol receptivo, y estados de tipo flujo en quien dirige. Es decir, el atractivo no es solo simbólico; hay un correlato de estado medible.
Confianza y vínculo
El trabajo de Sagarin y colaboradores documentó aumentos en la cercanía relacional reportada tras los encuentros. Tiene una lógica evidente: el intercambio de poder consensuado exige negociar límites de forma explícita, hablar de lo que no se quiere y confiar en que el otro se detendrá. Ese nivel de comunicación previa es, paradójicamente, más alto que el de muchos encuentros convencionales.
Dónde sí está la línea clínica
La CIE-11 reorganizó los trastornos parafilicos alrededor de un criterio nítido: lo relevante es la ausencia de consentimiento o el daño, no la temática. El sadomasoquismo consensuado entre adultos dejó de figurar como diagnóstico. El DSM-5-TR mantiene una lógica análoga al exigir malestar clínicamente significativo o perjuicio para terceros.
Lo que sí merece atención profesional: cuando la práctica se vuelve la única vía posible de excitación y eso genera malestar; cuando aparecen lesiones que requieren asistencia; cuando el consentimiento se erosiona; o cuando lo que se presenta como dinámica de poder es, en realidad, violencia en la pareja. La diferencia no es estética sino estructural: en el intercambio consensuado hay negociación previa, capacidad de detener el encuentro en cualquier momento y ausencia de miedo fuera de él. En el abuso no existe ninguna de las tres.
Preguntas frecuentes
¿Fantasear con ser dominado significa que tengo baja autoestima?
No hay evidencia que lo sostenga. Los estudios de personalidad en practicantes apuntan a lo contrario, con menor neuroticismo y menor sensibilidad al rechazo que los grupos control. El contenido de una fantasía no funciona como espejo de la autoimagen.
¿Es señal de un trauma no resuelto?
Es la hipótesis más repetida y la peor respaldada. Los datos poblacionales no encuentran mayor prevalencia de abuso o coerción sexual entre practicantes que en la población general. Puede haber casos individuales en los que ambas cosas coincidan, pero eso no autoriza a leer la fantasía como síntoma.
¿Qué hago si mi pareja y yo no coincidimos en esto?
La discrepancia de fantasías es la norma, no la excepción, y no obliga a nadie a practicar nada. Lo que la evidencia sobre parejas sí sugiere es que el problema rara vez es la diferencia en sí y casi siempre la forma en que se gestiona: el rechazo con juicio moral hace más daño que la negativa en sí. Si el tema genera conflicto sostenido, la terapia sexual y de pareja es el espacio adecuado.
Para el panorama completo del perfil psicológico y de salud mental de quienes practican, revisa qué dice la evidencia sobre BDSM y psicología. Y si te interesa otra fantasía construida enteramente sobre dinámicas de poder y estatus, aquí analizamos qué es el cuckolding y qué dicen los datos.
Sexualidad Basada en Evidencia. Ciencia, sin moralina y sin humo.
Referencias
- Joyal CC, Cossette A, Lapierre V. What exactly is an unusual sexual fantasy? The Journal of Sexual Medicine. 2015;12(2):328–340.
- Richters J, de Visser RO, Rissel CE, Grulich AE, Smith AMA. Demographic and psychosocial features of participants in bondage and discipline, «sadomasochism» or dominance and submission (BDSM). The Journal of Sexual Medicine. 2008;5(7):1660–1668.
- Wismeijer AAJ, van Assen MALM. Psychological characteristics of BDSM practitioners. The Journal of Sexual Medicine. 2013;10(8):1943–1952.
- Sagarin BJ, Cutler B, Cutler N, Lawler-Sagarin KA, Matuszewich L. Hormonal changes and couple bonding in consensual sadomasochistic activity. Archives of Sexual Behavior. 2009;38(2):186–200.
- Organización Mundial de la Salud. CIE-11, capítulo 06, trastornos parafilicos (6D3). 2022.

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