El ejercicio es una de las pocas intervenciones no farmacológicas con efecto medible y replicado sobre la función sexual, sobre todo en hombres con disfunción eréctil. Y, en el sentido contrario, el sexo cuenta como actividad física moderada, pero cuenta bastante menos de lo que promete el imaginario popular.
La relación entre sexo y ejercicio se suele contar en los dos sentidos equivocados. Por un lado, se vende el sexo como un entrenamiento que quema cientos de calorías. Por otro, se ignora que el entrenamiento aerobio tiene evidencia sólida como tratamiento coadyuvante de algunos problemas sexuales, con una dosis bastante bien descrita en la literatura.
Vale la pena separar las tres preguntas que suelen mezclarse: qué le hace el ejercicio a la vida sexual, cuánto esfuerzo físico supone el sexo y qué riesgo cardiovascular implica. Las tres tienen respuesta razonablemente clara.
En 30 segundos
- Las revisiones sistemáticas de estudios de intervención muestran que el ejercicio aerobio mejora la función eréctil; los protocolos efectivos rondan 40 minutos de intensidad moderada a vigorosa, cuatro veces por semana, sostenidos unos seis meses.
- El beneficio es mayor en quienes parten peor: sedentarismo, obesidad, síndrome metabólico o disfunción eréctil de origen vascular.
- La actividad sexual es un esfuerzo moderado. En parejas jóvenes se ha medido un gasto medio en torno a 4 kcal por minuto en hombres y 3 en mujeres, con una intensidad media cercana a la de caminar a buen ritmo.
- El riesgo cardiovascular agudo asociado al sexo es muy bajo en términos absolutos y disminuye con el entrenamiento habitual; la regla práctica clásica es tolerar sin síntomas un esfuerzo de 3 a 5 MET.
- Más no siempre es mejor: en deportistas de resistencia, las cargas de entrenamiento muy altas se asocian a menor libido declarada.
Entrenar sí mejora la función eréctil
De todo lo que puede decirse sobre sexo y ejercicio, esto es lo mejor documentado: la actividad física aerobia mejora la función eréctil. El metaanálisis de Silva y colaboradores, que reunió ensayos de intervención, encontró una mejoría significativa en las puntuaciones de función eréctil respecto a los grupos control.
La revisión sistemática de Gerbild y colaboradores fue un paso más allá y trató de establecer la dosis. Los protocolos que lograron mejorías consistentes se concentraron alrededor de 40 minutos de actividad aerobia de intensidad moderada a vigorosa, cuatro veces por semana, durante unos seis meses, con un volumen semanal aproximado de 160 minutos. El efecto fue más marcado en hombres con disfunción eréctil asociada a sedentarismo, obesidad, síndrome metabólico, hipertensión o enfermedad cardiovascular.
Por qué funciona
La explicación más aceptada es vascular. La erección depende de un endotelio que responda bien, y la disfunción eréctil de origen vascular comparte mecanismo y factores de riesgo con la enfermedad coronaria. El ejercicio aerobio actúa sobre esa misma biología, lo que explica que el beneficio sea mayor justamente en los perfiles con más carga cardiometabólica.
Esto tiene una consecuencia clínica que no conviene saltarse: cuando aparece una disfunción eréctil de instalación progresiva, la recomendación de moverse más no sustituye la valoración médica del riesgo cardiovascular. La acompaña.
En mujeres, la evidencia es más escasa
No existe un equivalente femenino de la literatura sobre ejercicio y función eréctil, ni en cantidad de ensayos ni en precisión de la dosis. Lo que hay apunta en dirección favorable, pero con muestras pequeñas y desenlaces heterogéneos, de modo que no permite prescribir un protocolo concreto.
La línea mejor desarrollada es el entrenamiento de la musculatura del suelo pelviano, con respaldo claro para la continencia urinaria en el embarazo y el posparto y respaldo más limitado, aunque plausible, para la función sexual. Decirlo con esa diferencia de certeza es parte del rigor: una cosa está demostrada y la otra es razonable.
El sexo como ejercicio: cuánto cuenta de verdad
El sexo es actividad física de intensidad moderada, no un sustituto del entrenamiento. Frappier y colaboradores midieron el gasto energético de la actividad sexual en parejas jóvenes usando un sensor portable, comparándolo con una sesión de 30 minutos en cinta. El gasto medio se situó alrededor de 4 kcal por minuto en los hombres y 3 en las mujeres, con una duración mediana del episodio bastante breve, de modo que el gasto total por episodio fue modesto.
La intensidad relativa quedó en el rango de un esfuerzo moderado, por debajo de la sesión de cinta a la que se comparó. Dicho de otro modo: cuenta como movimiento, pero las cifras de varios cientos de calorías que circulan en titulares no se sostienen con mediciones directas.
Corazón y sexo: la pregunta que casi nadie formula
El riesgo de un evento cardiovascular durante la actividad sexual es muy bajo en términos absolutos. El documento de posición de la American Heart Association sobre actividad sexual y enfermedad cardiovascular estima que la proporción de infartos desencadenados por el sexo es mínima, y que el riesgo relativo transitorio se atenúa en personas físicamente activas de forma habitual.
De ahí la regla práctica que se sigue usando: quien tolera sin síntomas un esfuerzo equivalente a 3 a 5 MET —subir un par de tramos de escalera a paso normal, caminar rápido en llano— habitualmente tolera la actividad sexual. En personas con cardiopatía conocida, síntomas de esfuerzo o un evento reciente, esa valoración corresponde al médico tratante y no a una regla general leída en internet.
¿Se puede entrenar demasiado?
Sí, y conviene decirlo porque contradice el mensaje simple. En hombres que entrenan resistencia, Hackney y colaboradores describieron una asociación inversa entre la carga de entrenamiento —intensidad y volumen sostenidos en el tiempo— y la libido declarada: los grupos con cargas más altas reportaron puntuaciones de deseo más bajas.
Es un diseño observacional y transversal, así que no demuestra causalidad, pero es coherente con lo que se conoce sobre el eje hormonal en situaciones de alta carga de entrenamiento y disponibilidad energética insuficiente. La curva, por tanto, no es lineal: el sedentarismo perjudica y el exceso crónico tampoco es neutro.
A lo largo de la vida
En el posparto, el objetivo del ejercicio no es «recuperar» nada, sino reconstruir función: la musculatura del suelo pelviano tiene evidencia sólida para la continencia, y la actividad aerobia progresiva es parte de la recuperación general. En el envejecimiento, el patrón se parece al de la función eréctil: la capacidad funcional y el control de los factores cardiometabólicos explican buena parte de lo que se atribuye a la edad.
En fertilidad, el mensaje es de moderación. La actividad física regular de intensidad moderada no aparece como perjudicial y puede ser favorable, mientras que las cargas muy elevadas combinadas con déficit energético pueden alterar la función reproductiva. En ambos extremos, la valoración individual es la que decide.
Preguntas frecuentes
¿Cuánto ejercicio hay que hacer para notar algo en la función sexual?
En hombres con disfunción eréctil, los protocolos con resultados consistentes rondaban 40 minutos de actividad aerobia moderada a vigorosa cuatro veces por semana durante unos seis meses. No es una dosis inmediata: la mejoría se midió a lo largo de meses, no de días.
¿El sexo sirve para perder peso?
No de forma relevante. Con las mediciones directas disponibles, el gasto por episodio es modesto porque la duración suele ser corta. Es actividad física moderada que suma, no una estrategia de pérdida de peso.
Tengo un problema cardiaco, ¿es seguro tener relaciones?
En la mayoría de los casos estables sí, y el riesgo absoluto es bajo, pero esto se decide caso por caso. Si hay síntomas con el esfuerzo, un evento reciente o dudas sobre la capacidad funcional, corresponde consultarlo con el médico tratante antes de aplicar cualquier regla general.
Si el trasfondo es cardiometabólico, el cuadro completo está en sexualidad y enfermedad crónica: diabetes, hipertensión y deseo. Y para la parte del envejecimiento, revisa lo que dicen los datos sobre sexualidad después de los 60.
Sexualidad Basada en Evidencia. Ciencia, sin moralina y sin humo.
Referencias
- Gerbild H, Larsen CM, Graugaard C, Areskoug Josefsson K. Physical activity to improve erectile function: a systematic review of intervention studies. Sexual Medicine. 2018;6(2):75–89.
- Silva AB, Sousa N, Azevedo LF, Martins C. Physical activity and exercise for erectile dysfunction: systematic review and meta-analysis. British Journal of Sports Medicine. 2017;51(19):1419–1424.
- Frappier J, Toupin I, Levy JJ, Aubertin-Leheudre M, Karelis AD. Energy expenditure during sexual activity in young healthy couples. PLoS One. 2013;8(10):e79342.
- Levine GN, Steinke EE, Bakaeen FG, et al. Sexual activity and cardiovascular disease: a scientific statement from the American Heart Association. Circulation. 2012;125(8):1058–1072.
- Hackney AC, Lane AR, Register-Mihalik J, O’Leary CB. Endurance exercise training and male sexual libido. Medicine & Science in Sports & Exercise. 2017;49(7):1383–1388.

Deja una respuesta