Las cifras de infidelidad varían más entre encuestas que entre países. Lo que de verdad cambia de una cultura a otra no es tanto cuánta gente engaña, sino cómo se define el engaño, cuánto se castiga y cuánta gente se atreve a reconocerlo en un cuestionario.

«En mi país todos engañan» es una de las frases más repetidas en consulta y una de las peor sostenidas por los datos. Cuando se comparan encuestas nacionales, las diferencias entre países existen, pero suelen ser más pequeñas que las diferencias que produce el método de la propia encuesta: cómo se pregunta, quién pregunta y qué se entiende exactamente por infidelidad.

Eso no significa que la cultura sea irrelevante. Significa que su huella aparece en un lugar distinto del que solemos buscar: no tanto en la frecuencia de la conducta como en las normas que la rodean, en el precio social que se paga y en la probabilidad de que alguien la declare.

En 30 segundos

  • No existe un ranking fiable de «países más infieles»: las encuestas nacionales no comparten definición, ventana temporal ni modo de entrevista.
  • El formato de la pregunta pesa enormemente. En una encuesta nacional estadounidense, las mujeres casadas reportaron sexo extramarital en el último año varias veces más cuando respondían en una computadora que cara a cara con un entrevistador.
  • Lo que sí difiere de forma amplia entre países son las actitudes: el porcentaje que considera moralmente inaceptable una relación extramarital va de aproximadamente la mitad a casi toda la población según el país.
  • Tres rasgos se repiten en casi todas las sociedades estudiadas: el sexo extraconyugal existe, suele ocultarse y genera celos. Lo que cambia es la forma y la legitimidad social de ese malestar.
  • Conclusión práctica: desconfía de toda cifra redonda sin fuente. La cultura se lee mejor en la norma, el secreto y las consecuencias que en el porcentaje.

Por qué los rankings de países no se sostienen

No hay ninguna comparación internacional de prevalencia de infidelidad metodológicamente sólida. La razón es técnica, no ideológica: para comparar dos países habría que medir lo mismo, de la misma forma, en el mismo tipo de población. Eso casi nunca ocurre.

Las fuentes disponibles difieren en al menos tres ejes. Primero, la definición: algunas encuestas preguntan por relaciones sexuales con alguien distinto del cónyuge, otras incluyen cualquier contacto íntimo y otras añaden la infidelidad emocional, el coqueteo digital o el consumo de contenido sexual. Segundo, la ventana temporal: «alguna vez durante el matrimonio» y «en los últimos doce meses» producen cifras que no son comparables ni dentro del mismo país. Tercero, la población: muchas encuestas solo incluyen personas casadas, lo que deja fuera a la mayoría de las parejas en países donde la unión libre es frecuente.

A eso se suma el problema del origen de los datos. Buena parte de los rankings que circulan como noticia provienen de sondeos no probabilísticos de portales comerciales, a veces de sitios dedicados a facilitar encuentros extramaritales. No son muestras de la población: son muestras de sus propios usuarios.

El modo de entrevista cambia la cifra

El dato más útil para entender este desorden no es internacional, sino interno. Al analizar una encuesta nacional estadounidense de salud reproductiva, Whisman y Snyder compararon el reporte de sexo extramarital según cómo se recogía la respuesta: entrevista cara a cara frente a autoentrevista asistida por computadora. Entre mujeres casadas, la prevalencia declarada en el último año fue varias veces mayor en el formato autoadministrado.

La lectura es incómoda y clarificadora: si cambiar la pantalla por una persona multiplica la cifra dentro del mismo país, entonces comparar países que usaron formatos distintos no mide cultura sexual. Mide, sobre todo, cuánta vergüenza produce decirlo en voz alta.

Lo que sí varía entre culturas: la norma y el castigo

Las actitudes varían mucho más que las conductas reportadas. En las encuestas comparativas del Pew Research Center sobre moralidad, la desaprobación de las relaciones extramaritales fue mayoritaria en todos los países estudiados, pero el rango resultó amplio: desde alrededor de la mitad de la población en el país más permisivo hasta la casi totalidad en los más restrictivos. Ese abanico es considerablemente más ancho que el de las prevalencias declaradas.

Hay además un problema de categoría que los promedios esconden. En sociedades donde existen formas de poliginia o de pluralidad conyugal socialmente reconocidas, parte de lo que un cuestionario occidental etiquetaría como «sexo extraconyugal» no es una transgresión, sino un arreglo aceptado. Y, en el extremo opuesto, hay contextos donde la infidelidad conlleva consecuencias legales, laborales o familiares graves, lo cual presiona hacia abajo cualquier cifra autodeclarada.

Lo que parece casi universal

Pese a toda esa variabilidad, hay regularidades. El registro etnográfico documenta sexo extraconyugal en prácticamente todas las sociedades descritas, y los celos aparecen de forma muy extendida, aunque su expresión esté modulada por la norma local.

El matiz importante es que el contenido del malestar no es tan universal como se suele afirmar. Los estudios clásicos de Buss y colaboradores en Estados Unidos, Corea y Japón describieron diferencias entre hombres y mujeres en qué aspecto de la infidelidad angustia más, pero con magnitudes que variaban por país. Más tarde, en una muestra estadounidense muy grande que incluía personas gais, lesbianas y bisexuales, Frederick y Fales encontraron el patrón clásico —hombres heterosexuales más angustiados por el componente sexual que por el emocional— sin que se replicara en participantes de otras orientaciones. Es decir: el malestar es casi universal; su forma, no.

La brecha de género, revisada

En la serie estadounidense con mejor continuidad, el análisis de Labrecque y Whisman sobre la General Social Survey del siglo XXI situó el sexo extramarital declarado «alguna vez» en torno a uno de cada cinco hombres y algo más de uno de cada diez mujeres. En la misma serie, cerca de nueve de cada diez encuestados calificaban el sexo extramarital como siempre o casi siempre incorrecto. Esa combinación es el hallazgo más robusto de toda la literatura: desaprobación casi unánime y conducta minoritaria pero nada excepcional.

Varios análisis de la misma encuesta describen una brecha de género más estrecha en las cohortes jóvenes, aunque la magnitud depende del periodo y del grupo de edad examinado. Conviene tratarlo como una tendencia plausible, no como una cifra.

Qué hacer con esto

Para quien atiende parejas, la utilidad práctica es doble. La cultura no sirve como coartada («aquí es normal») ni como diagnóstico («es por su cultura»): sirve como contexto que explica qué se oculta y a qué precio. Y la pregunta clínica relevante no es cuánta gente engaña en el país, sino qué acuerdo tiene esta pareja y si ambos lo describen igual, porque la discrepancia en la definición es una fuente frecuente de conflicto por sí misma.

Para América Latina, el mensaje honesto es que faltan encuestas nacionales comparables y periódicas sobre este tema. Decir «no lo sabemos con precisión» es más riguroso que repetir porcentajes de origen comercial.

Preguntas frecuentes

¿Hay culturas donde la infidelidad no duele?

No se ha descrito ninguna. Lo que varía es la legitimidad social del malestar, qué se considera una ofensa y qué reparación se espera. Donde existe acuerdo explícito de no exclusividad, el malestar suele asociarse a la ruptura del acuerdo, no al acto en sí.

¿Es verdad que en algunos países la gente es más infiel?

No puede afirmarse con los datos disponibles. Las diferencias observadas entre encuestas nacionales se confunden con diferencias de definición, de muestra y de método de entrevista, y ese último factor por sí solo puede mover la cifra de forma sustancial.

Entonces, ¿sirve de algo comparar culturas?

Sí, pero comparando lo que se mide bien: actitudes, normas, consecuencias esperadas y tolerancia declarada. Esos indicadores son más estables entre métodos y muestran diferencias reales y grandes entre países.


Si quieres ver el problema de medición con más detalle, lo desarrollamos en por qué casi todas las cifras de infidelidad están mal. Y para el otro extremo del espectro de acuerdos de pareja, revisa qué dicen los datos sobre monogamia y relaciones abiertas.

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Referencias

  • Whisman MA, Snyder DK. Sexual infidelity in a national survey of American women: differences in prevalence and correlates as a function of method of assessment. Journal of Family Psychology. 2007;21(1):147–154.
  • Labrecque LT, Whisman MA. Attitudes toward and prevalence of extramarital sex and descriptions of extramarital partners in the 21st century. Journal of Family Psychology. 2017;31(7):952–957.
  • Pew Research Center. Global Views on Morality. Washington, DC; 2014.
  • Buss DM, Shackelford TK, Kirkpatrick LA, et al. Jealousy and the nature of beliefs about infidelity: tests of competing hypotheses about sex differences in the United States, Korea, and Japan. Personal Relationships. 1999;6(1):125–150.
  • Frederick DA, Fales MR. Upset over sexual versus emotional infidelity among gay, lesbian, bisexual, and heterosexual adults. Archives of Sexual Behavior. 2016;45(1):175–191.

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