La testosterona se vende como la hormona que le falta a media humanidad: energía, músculo, ánimo, deseo. En la mujer, la evidencia es a la vez más interesante y más estrecha de lo que sugiere el marketing. Hay una indicación con respaldo real y un consenso internacional que la delimita con una precisión poco habitual. Fuera de ella, casi todo lo que se promete no está demostrado.

La testosterona no es una hormona masculina con presencia anecdótica en la mujer. Es, en términos de concentración circulante, el andrógeno más abundante en el organismo femenino y proviene del ovario, de la suprarrenal y de la conversión periférica de precursores como la DHEA. Que su papel sea relevante no significa, sin embargo, que medirla o suplementarla resuelva lo que se le atribuye.

En 2019 se publicó un documento que ordenó bastante el terreno: la Declaración de Consenso Global sobre el Uso de Terapia con Testosterona en Mujeres, avalada por las principales sociedades de endocrinología y menopausia. Su contenido conviene conocerlo antes de aceptar cualquier promesa.

En 30 segundos

  • La única indicación con respaldo del consenso internacional es el trastorno de deseo sexual hipoactivo con malestar asociado en mujeres posmenopáusicas.
  • El nivel sanguíneo de testosterona no sirve para diagnosticar bajo deseo: no existe un punto de corte validado y las concentraciones no se correlacionan bien con el deseo en estudios poblacionales.
  • La caída de andrógenos es gradual desde la veintena, no un desplome en la menopausia; la menopausia natural no produce un descenso abrupto de testosterona.
  • El metaanálisis de referencia encontró mejoras modestas pero consistentes en función sexual en posmenopáusicas, con efectos adversos androgénicos y alteración lipídica dependiente de la vía oral.
  • No hay evidencia suficiente para usarla por fatiga, estado de ánimo, cognición, hueso o rendimiento, ni datos de seguridad a largo plazo más allá de dos años.

Qué hace la testosterona en la mujer

Participa en la función sexual, en la masa muscular y ósea y, probablemente, en aspectos del estado de ánimo y la cognición, aunque esta última parte está peor caracterizada. El problema metodológico es considerable: los andrógenos circulan en concentraciones muy bajas en la mujer, de modo que una parte importante de la literatura antigua se construyó con inmunoensayos que no tienen precisión suficiente en ese rango. La medición fiable requiere espectrometría de masas, que no está disponible en todos los laboratorios.

Eso explica por qué conviene desconfiar de conclusiones firmes basadas en un valor de laboratorio aislado.

El nivel no explica el deseo

Este es el hallazgo que más choca con la intuición popular. Los estudios poblacionales que midieron andrógenos y función sexual autoinformada en grandes muestras de mujeres no encontraron una correlación clínicamente útil entre testosterona circulante y deseo. En el trabajo de Davis y colaboradores, lo que se asoció con bajo deseo fue un nivel bajo de DHEAS, no de testosterona, y con una magnitud que no permite usarlo como prueba diagnóstica.

La consecuencia práctica del consenso de 2019 es explícita: no se debe diagnosticar «déficit de testosterona» en la mujer a partir de un análisis, porque no existe un umbral por debajo del cual se pueda afirmar que la hormona es la causa del síntoma. La medición tiene otro papel, que es el seguimiento de seguridad en quien ya está en tratamiento, para evitar concentraciones suprafisiológicas.

Cómo cambia con la edad

La testosterona total y libre descienden de forma progresiva desde la segunda y tercera década de la vida. La menopausia natural, en cambio, no produce una caída brusca: la transición menopáusica es dramática para el estradiol, no para los andrógenos, que ya venían bajando desde mucho antes. La excepción es la ooforectomía bilateral, donde la pérdida de la fuente ovárica es inmediata.

Esta distinción importa porque desmonta el relato de «la testosterona que se pierde en la menopausia» y, con él, buena parte de la justificación comercial del tratamiento en mujeres premenopáusicas, donde la evidencia es insuficiente.

La indicación que sí tiene evidencia

El trastorno de deseo sexual hipoactivo —deseo bajo persistente que genera malestar significativo y no se explica mejor por otra causa— es la única situación en la que el consenso internacional avala considerar testosterona, y solo en mujeres posmenopáusicas. La prevalencia de deseo bajo con malestar asociado se ha estimado en torno al 10% de las mujeres, con un pico en la mediana edad, de modo que no es un cuadro marginal.

La revisión sistemática y metaanálisis de Islam y colaboradores, que reunió 36 ensayos y más de 8.000 mujeres, encontró en posmenopáusicas mejoras significativas en número de eventos sexuales satisfactorios, deseo, excitación y orgasmo frente a placebo. Las magnitudes son modestas y no convierten el tratamiento en una solución para cualquier insatisfacción sexual, pero son reales y reproducibles.

Dos matices que suelen omitirse. El primero: el mismo metaanálisis documentó aumento de LDL y descenso de colesterol total y HDL con las formulaciones orales, además de más acné e hirsutismo, lo que ha orientado la práctica hacia vías no orales. El segundo: en la mayoría de países no existe una formulación aprobada específicamente para mujeres, lo que obliga a un uso fuera de indicación con dosis ajustadas al rango fisiológico premenopáusico y bajo control médico.

Por eso aquí no encontrarás dosis ni pautas concretas: esta es una decisión que requiere valoración clínica individual, descarte de otras causas del bajo deseo y seguimiento con mediciones de seguridad.

Qué no está respaldado

El consenso de 2019 enumera de forma poco ambigua los usos para los que la evidencia es insuficiente: función cognitiva, estado de ánimo y depresión, bienestar general, fatiga, salud ósea, composición corporal, rendimiento deportivo, salud cardiometabólica y función sexual en mujeres premenopáusicas. No significa necesariamente que no funcione; significa que no está demostrado y que no debe presentarse como si lo estuviera.

Dos cautelas adicionales. La seguridad a largo plazo no está establecida: la mayoría de los ensayos no supera los dos años, de modo que el efecto sobre mama y sobre eventos cardiovasculares a largo plazo sigue siendo una incógnita. Y los pellets implantables y las fórmulas magistrales a dosis altas están expresamente desaconsejados por las sociedades, porque alcanzan concentraciones suprafisiológicas con un control deficiente sobre la exposición real.

Preguntas frecuentes

¿Debo medirme la testosterona si tengo poco deseo?

Un valor aislado no va a responder la pregunta, porque no existe un punto de corte diagnóstico en la mujer y la correlación entre nivel y deseo es pobre. La evaluación útil busca otras causas frecuentes y potencialmente reversibles: fármacos, sueño, dolor, contexto relacional, estado de ánimo, sequedad vaginal.

¿Sirve la testosterona para la energía o el ánimo?

No con la evidencia actual. El consenso internacional clasifica fatiga, estado de ánimo y bienestar general entre los usos con datos insuficientes. Es precisamente el territorio donde más se promociona y menos se ha demostrado.

¿Y si soy premenopáusica?

La evidencia disponible no respalda el tratamiento en mujeres premenopáusicas, incluso con deseo bajo. Los ensayos que mostraron beneficio se hicieron en posmenopáusicas, y extrapolar entre poblaciones hormonalmente distintas no es una inferencia válida.


Para situar estos valores en su curva vital conviene leer qué se considera testosterona normal por edad, y si la pregunta de fondo es el manejo hormonal de esta etapa, revisamos los beneficios y riesgos de la terapia hormonal y la sexualidad en la menopausia.

Sexualidad Basada en Evidencia. Ciencia, sin moralina y sin humo.

Referencias

  • Davis SR, Baber R, Panay N, et al. Global Consensus Position Statement on the Use of Testosterone Therapy for Women. Journal of Clinical Endocrinology & Metabolism. 2019;104(10):4660–4666.
  • Islam RM, Bell RJ, Green S, Page MJ, Davis SR. Safety and efficacy of testosterone for women: a systematic review and meta-analysis of randomised controlled trial data. The Lancet Diabetes & Endocrinology. 2019;7(10):754–766.
  • Davison SL, Bell R, Donath S, Montalto JG, Davis SR. Androgen levels in adult females: changes with age, menopause, and oophorectomy. Journal of Clinical Endocrinology & Metabolism. 2005;90(7):3847–3853.
  • Davis SR, Davison SL, Donath S, Bell RJ. Circulating androgen levels and self-reported sexual function in women. JAMA. 2005;294(1):91–96.
  • Shifren JL, Monz BU, Russo PA, Segreti A, Johannes CB. Sexual problems and distress in United States women: prevalence and correlates. Obstetrics & Gynecology. 2008;112(5):970–978.

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