De todas las fantasías que se han medido en encuestas poblacionales, las que implican ceder el control están entre las más repetidas. No son una rareza clínica ni una señal de que algo vaya mal: son uno de los contenidos mentales más comunes de la vida sexual adulta, y la evidencia es bastante clara sobre lo poco que predicen.

Pocos temas generan tanta inquietud silenciosa en consulta como este. La pregunta rara vez llega formulada de frente; llega envuelta en un «no sé si esto es normal». Y la respuesta, cuando uno mira los datos de prevalencia en lugar de la intuición cultural, es casi aburrida: sí, es normal, en el sentido estadístico más literal del término.

Lo que sigue es lo que han medido los estudios de población sobre las fantasías de sumisión, qué hipótesis psicológicas intentan explicarlas y —sobre todo— qué conclusiones no autoriza la evidencia a sacar.

En 30 segundos

  • Las fantasías de sumisión figuran entre las más frecuentes en todos los estudios de prevalencia disponibles: en la encuesta de referencia de Joyal y colaboradores (2015), alrededor del 65 % de las mujeres y algo más de la mitad de los hombres refirieron haber fantaseado con ser dominados sexualmente.
  • La revisión de Critelli y Bivona (2008) encontró que entre el 31 % y el 57 % de las mujeres habían tenido alguna fantasía de sexo forzado, y entre el 9 % y el 17 % la señalaban como una de sus fantasías preferidas.
  • Fantasear no es desear. La propia investigación distingue entre la fantasía erótica (controlada, placentera, con guion propio) y la vivencia real de coerción, que es aversiva por definición.
  • No hay evidencia de que estas fantasías indiquen trauma, baja autoestima, sumisión en la vida diaria ni psicopatología. Los estudios sobre practicantes de BDSM no muestran peor salud mental que la población general.
  • La frecuencia poblacional es alta, pero la práctica declarada es baja: en la encuesta representativa australiana, solo el 1,8 % de las personas sexualmente activas refirió alguna práctica BDSM en el último año.

Qué tan frecuentes son, en cifras

Son mayoritarias, o casi. El estudio que mejor ordenó este terreno fue el de Joyal, Cossette y Lapierre, publicado en 2015 en The Journal of Sexual Medicine, con 1.516 adultos. Su propósito era metodológico: establecer qué fantasía merece de verdad el adjetivo «inusual». La conclusión fue que muy pocas lo merecen. Ser dominado sexualmente apareció en alrededor de dos tercios de las mujeres y en más de la mitad de los hombres; ser atado, en cifras cercanas al 50 % en ambos grupos.

La encuesta de Justin Lehmiller con más de 4.000 adultos estadounidenses, publicada en 2018, llegó a un mapa parecido: los contenidos de dominación y sumisión constituyeron uno de los siete grandes bloques temáticos en los que se agrupaba prácticamente toda la fantasía declarada, junto con el sexo con varias personas, la novedad, el tabú y la no monogamia.

El caso particular de las fantasías de coerción

Es el subgrupo que más alarma genera y el que está mejor estudiado. La revisión de Critelli y Bivona (2008), que reunió décadas de encuestas, situó la prevalencia de fantasías de sexo forzado entre el 31 % y el 57 % de las mujeres según el estudio y la forma de preguntar. En el trabajo posterior de Bivona y Critelli (2009), con 355 universitarias, el 62 % refirió haber tenido al menos una fantasía de ese tipo.

La variabilidad entre estudios no es ruido: refleja cuánto cambia la respuesta según se pregunte con lenguaje explícito o con eufemismos, y según cuánta privacidad perciba quien contesta. Es la razón por la que la cifra más baja de la horquilla probablemente subestime el fenómeno.

Por qué fantasear no equivale a querer

Porque en la fantasía el control nunca se pierde: se simula. Esta es la distinción conceptual que sostiene toda la literatura del área. Quien fantasea escribe el guion, elige al personaje, decide el ritmo y puede detenerlo en cualquier momento. La coerción real carece exactamente de eso. Bivona, Critelli y Weeks mostraron en 2012 que el mismo contenido narrativo resulta erótico o aversivo según cómo se enmarque, lo que señala que lo excitante no es el daño, sino el guion de rendición controlada.

Las hipótesis explicativas que más se discuten son tres, y conviene presentarlas como lo que son: modelos, no hechos demostrados.

  • Escape de la autoconciencia. Roy Baumeister propuso en 1988 que ceder el control reduce la carga de la autovigilancia y el juicio sobre uno mismo, que es precisamente lo que suele interferir con la respuesta sexual.
  • Desplazamiento de la responsabilidad. En contextos donde el deseo propio genera culpa, el guion de «no elegir» permite experimentarlo sin asumirlo.
  • Intensificación y estados alterados. Ambler y colaboradores (2017) documentaron cambios compatibles con estados de flujo y de conciencia alterada en participantes de escenas consensuadas, y Sagarin y su equipo (2009) describieron variaciones hormonales y aumento de cercanía percibida en la pareja tras esas escenas.

Qué dice la evidencia sobre quien las tiene

No indican patología, y los datos van en dirección contraria al prejuicio. Richters y colaboradores analizaron en 2008 la encuesta representativa australiana de salud y relaciones, con más de 19.000 participantes: quienes habían tenido prácticas BDSM en el último año no presentaban más malestar psicológico que el resto, y entre los hombres el malestar fue incluso menor. Tampoco eran más frecuentes los antecedentes de coerción sexual.

Wismeijer y van Assen compararon en 2013 a 902 practicantes de BDSM neerlandeses con 434 controles y encontraron un perfil psicológico globalmente favorable en el primer grupo: menor neuroticismo, mayor extraversión y apertura, menor sensibilidad al rechazo y mayor bienestar subjetivo. Son estudios transversales y con muestras autoseleccionadas —no demuestran que la práctica mejore nada—, pero desmontan con bastante solidez la idea de que detrás de estas fantasías haya un daño por reparar.

La brecha entre fantasía y práctica

Es enorme, y conviene tenerla presente. Frente a prevalencias de fantasía que superan el 50 %, la práctica declarada en población general se mueve en torno al 1,8 % anual según los datos australianos. La mayoría de las personas que fantasean con ceder el control no busca llevarlo a ninguna parte, y eso también es un hallazgo: la fantasía cumple su función dentro de la cabeza.

Cuándo sí conviene consultar

Cuando el contenido deja de ser opcional. El criterio clínico no es el tema de la fantasía, sino su funcionamiento: si se vuelve la única vía posible de excitación, si genera malestar persistente, si desplaza la vida sexual compartida o si aparece acompañada de angustia significativa, merece una valoración profesional. Ese umbral es el mismo para cualquier contenido fantaseado, no uno especial para este.

Preguntas frecuentes

¿Tener fantasías de sumisión significa que fui víctima de abuso?

No. Es la asociación más repetida culturalmente y la que menos respaldo tiene. Los estudios poblacionales que han buscado específicamente ese vínculo —incluido el análisis de la encuesta australiana— no encontraron más antecedentes de coerción sexual entre quienes tienen estas fantasías o prácticas que en el resto de la población.

¿Son más frecuentes en mujeres que en hombres?

Algo más, pero la diferencia es menor de lo que se asume. En los datos de Joyal y colaboradores el rol de sumisión fue más frecuente en mujeres, aunque superó el 50 % también en hombres; y una proporción considerable de personas de ambos sexos refirió fantasear con los dos roles. La imagen de una distribución limpia por sexo no se sostiene con los datos.

¿Hay que contarle esto a la pareja?

No existe obligación, y la evidencia no indica que compartir toda la vida fantaseada mejore la relación. Lo que sí está asociado a mayor satisfacción es la calidad de la comunicación sexual en general. La decisión depende del grado de confianza y de qué se espera de la conversación, no de una regla general.


Si te interesa el mapa completo de este terreno, en el blog revisamos también qué dicen los datos sobre las fantasías de poder y por qué imaginamos cosas que nunca haríamos.

Sexualidad Basada en Evidencia. Ciencia, sin moralina y sin humo.

Referencias

  • Joyal CC, Cossette A, Lapierre V. What exactly is an unusual sexual fantasy? The Journal of Sexual Medicine. 2015;12(2):328-340.
  • Critelli JW, Bivona JM. Women’s erotic rape fantasies: an evaluation of theory and research. Journal of Sex Research. 2008;45(1):57-70.
  • Bivona J, Critelli J. The nature of women’s rape fantasies: an analysis of prevalence, frequency, and contents. Journal of Sex Research. 2009;46(1):33-45.
  • Richters J, De Visser RO, Rissel CE, Grulich AE, Smith AMA. Demographic and psychosocial features of participants in bondage and discipline, sadomasochism or dominance and submission. The Journal of Sexual Medicine. 2008;5(7):1660-1668.
  • Wismeijer AAJ, van Assen MALM. Psychological characteristics of BDSM practitioners. The Journal of Sexual Medicine. 2013;10(8):1943-1952.

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Soy médico internista, epidemiólogo clínico y bioestadista. Este espacio nace para hablar de sexualidad humana con rigor científico, claridad y sin prejuicios.

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