Dominar o ser dominado está entre las fantasías que más gente reporta en las encuestas poblacionales. Lo interesante no es que sean comunes, sino lo poco que predicen sobre la persona que las tiene.

Pocas cosas generan tanta inquietud privada como una fantasía de poder. La pregunta que llega a consulta casi siempre tiene la misma forma: «si me excita imaginar esto, qué dice de mí?». Resulta que la investigación disponible permite responderla con números, y la respuesta es menos dramática de lo que casi todo el mundo teme.

Este artículo se mantiene en el terreno de la prevalencia, la psicología y el límite clínico. No describe prácticas ni da instrucciones: el objetivo es entender qué muestran los datos y dónde está la frontera entre un interés sexual y un problema de salud.

En 30 segundos

  • En una muestra de 1.516 adultos de Quebec, ser dominado sexualmente lo había fantaseado alrededor del 65 % de las mujeres y del 53 % de los hombres; dominar, cerca del 60 % de los hombres y del 47 % de las mujeres.
  • Los autores concluyeron que muy pocas fantasías son estadísticamente raras: varias de las que se consideran excepcionales las reporta más de la mitad de la población.
  • Fantasear no equivale a querer hacerlo. En una encuesta de población general en Bélgica, cerca del 47 % había fantaseado o tenido sentimientos positivos hacia alguna actividad de tipo BDSM, pero solo en torno al 12,5 % la practicaba de forma regular.
  • Las fantasías de sumisión for­zada en mujeres no se asocian con antecedentes de abuso sexual infantil; sí se asocian con actitudes sexuales más abiertas.
  • El interés en sí no es patología: en un estudio con 902 practicantes de BDSM frente a controles, no apareció un perfil psicológico peor —en varios indicadores fue mejor—.

Qué dicen los números

Las fantasías de poder son, en términos de prevalencia, mayoritarias. El trabajo de referencia es el de Joyal y colaboradores (2015), que preguntó por 55 fantasías concretas a más de 1.500 adultos y clasificó cada una como rara, inusual, común o típica según su frecuencia estadística. Los escenarios de dominación y sumisión cayeron del lado común: ser dominado lo refirió alrededor de dos tercios de las mujeres, y dominar a alguien cerca de seis de cada diez hombres, con proporciones considerables en el sentido inverso en ambos sexos.

El hallazgo más útil de ese estudio no es ninguna cifra individual, sino el marco: cuando se pregunta de forma sistemática, la categoría de «fantasía rara» se vacía casi por completo. Muy pocas fantasías quedaron por debajo del umbral de rareza estadística, mientras que una lista larga de las socialmente consideradas desviadas resultó ser estadísticamente normativa. Eso no convierte ninguna práctica en recomendable; simplemente desarma el argumento de la anormalidad.

Datos posteriores apuntan en la misma dirección. La encuesta belga de Holvoet y colaboradores (2017), sobre población general y no sobre comunidades específicas, encontró que casi la mitad de los participantes había fantaseado con alguna actividad de este tipo o la valoraba positivamente, con una minoría claramente menor que la practicaba con regularidad. Y en la encuesta de más de 4.000 adultos estadounidenses que sustenta el libro de Lehmiller (2018), los temas de control y entrega aparecen entre las grandes familias de fantasías, junto con los escenarios multipersona.

Por qué se repiten tanto: tres explicaciones

Conviene decirlo antes: estas son hipótesis con apoyo teórico y evidencia parcial, no mecanismos demostrados. Explican patrones poblacionales, no el caso individual.

1. Escape de la autoconciencia

La formulación clásica, propuesta por Baumeister, interpreta la fantasía de sumisión como una salida temporal de la identidad adulta y de la carga de la autogestión: ceder el control en un marco seguro reduce la autoobservación, que es justamente uno de los principales inhibidores de la respuesta sexual. Encaja con un dato observado con cierta consistencia: estas fantasías no son más frecuentes en personas con poca autonomía real, sino a menudo lo contrario.

2. Permiso frente a culpa

En un guión donde la iniciativa se atribuye a otro, la responsabilidad percibida sobre el propio deseo disminuye. Para quien ha interiorizado que desear es reprochable, ese desplazamiento reduce la culpa y facilita la excitación. Es una explicación coherente con la asociación observada entre culpa sexual y ciertos contenidos de fantasía, aunque la dirección causal no está establecida.

3. Confianza, intensidad y vínculo

Un guión de poder negociado es, en el plano psicológico, un ejercicio de confianza explícita: alguien señala los límites y otro los respeta. Estudios pequeños han documentado cambios hormonales y aumentos autoinformados de cercanía en la pareja tras encuentros consensuados de este tipo. Son muestras reducidas y resultados preliminares, y deben leerse como una pista, no como una conclusión firme.

Fantasía no es plan

Es la distinción más importante del tema, y la que más ansiedad resuelve. La brecha entre imaginar y actuar es amplia y está medida: en la encuesta belga, la proporción que fantaseaba multiplicaba varias veces a la que practicaba de forma habitual. En la fantasía, además, el control nunca se pierde: quien imagina escribe el guión, elige el personaje y lo detiene cuando quiere. Esa autoría total es lo que la separa de cualquier situación real equivalente.

El caso más malinterpretado es el de las fantasías de sumisión for­zada, que buena parte de las mujeres encuestadas refiere haber tenido alguna vez. La revisión sistemática de la literatura concluyó dos cosas relevantes. La primera: no existe asociación con antecedentes de abuso sexual en la infancia, la explicación popular durante décadas. La segunda: quienes las reportan tienden a puntuar más alto en actitudes sexuales positivas y apertura erótica, no en indicadores de malestar. Una fantasía de coerción no es un deseo de ser agredida, del mismo modo que una pesadilla no es un plan.

Dónde está la línea clínica

El DSM-5-TR es explícito: un interés sexual atípico no constituye por sí mismo un trastorno. Para hablar de trastorno parafílico hacen falta criterios adicionales —malestar o deterioro clínicamente significativos, o bien daño o actuación sobre personas que no consienten—. Esa frontera es la que importa, y no pasa por el contenido de la fantasía sino por el consentimiento y por las consecuencias.

La evidencia sobre salud mental apunta en la misma dirección. El estudio neerlandés de Wismeijer y van Assen comparó 902 practicantes de BDSM con un grupo control y no encontró el perfil deteriorado que predecía el prejuicio clínico: en varias dimensiones de personalidad y bienestar subjetivo los practicantes puntuaron igual o mejor. Hay señales razonables para consultar: que la fantasía se vuelva la única vía posible de excitación, que genere malestar persistente, que desplace al resto de la vida sexual o que implique a personas que no han consentido. Las tres primeras son motivo de valoración profesional; la cuarta no es un problema clínico sino un límite que no se cruza.

Preguntas frecuentes

¿Es normal fantasear con dominar o ser dominado?

En términos estadísticos, sí: son de las fantasías más reportadas en los estudios de prevalencia, con cifras que superan el 50 % en varias de sus formas. La clasificación de Joyal las sitúa en la categoría de fantasías comunes, no en la de raras.

¿Significa que quiero que ocurra en la vida real?

No necesariamente, y los datos lo respaldan: la proporción de personas que fantasea es mucho mayor que la que practica. En la fantasía se conserva el control absoluto del guión, algo que no tiene equivalente en una situación real, y esa diferencia es precisamente lo que hace que el contenido resulte excitante.

¿Cuándo debería consultar?

Cuando la fantasía produce malestar sostenido, cuando se convierte en condición imprescindible para la excitación y eso interfiere con tu vida sexual o de pareja, o cuando aparecen impulsos hacia personas que no pueden consentir. Fuera de esos supuestos, el contenido por sí solo no es indicación de tratamiento.


Para seguir el hilo: por qué las fantasías tabú son más comunes de lo que parece y qué muestran los datos sobre dominación y sumisión.

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Referencias

  • Joyal CC, Cossette A, Lapierre V. What exactly is an unusual sexual fantasy? J Sex Med. 2015;12(2):328-340.
  • Holvoet L, Huys W, Coppens V, Seeuws J, Goethals K, Morrens M. Fifty shades of Belgian gray: the prevalence of BDSM-related fantasies and activities in the general population. J Sex Med. 2017;14(9):1152-1159.
  • Critelli JW, Bivona JM. Women’s erotic rape fantasies: an evaluation of theory and research. J Sex Res. 2008;45(1):57-70.
  • Wismeijer AAJ, van Assen MALM. Psychological characteristics of BDSM practitioners. J Sex Med. 2013;10(8):1943-1952.
  • American Psychiatric Association. Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, 5.ª ed., texto revisado (DSM-5-TR) — Trastornos parafílicos. Washington, DC: APA; 2022.

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