Se venden perfumes con feromonas, se citan en documentales y se dan por hechas en cualquier conversación sobre atracción. Y sin embargo, seis décadas después de que se acuñara el término, no se ha identificado ni una sola feromona humana con los criterios que la ciencia exige para cualquier otra especie.
La idea es seductora: una molécula invisible que viaja por el aire y activa en otra persona una respuesta que no controla. En polillas, cerdos o conejos funciona exactamente así, y está demostrado con un rigor considerable. El salto a nuestra especie, en cambio, se dio por sentado antes de comprobarse.
Conviene separar dos preguntas que suelen mezclarse. Una es si los humanos nos comunicamos químicamente a través del olor: la respuesta es que casi con seguridad sí. La otra es si existe una feromona humana identificada: ahí la respuesta, hoy por hoy, es no.
En 30 segundos
- Una feromona es una señal química propia de una especie que provoca una respuesta predecible. Bajo esa definición, no hay ninguna feromona humana identificada.
- Las cuatro moléculas que se venden como feromonas humanas —androstadienona, estratetraenol y compañía— nunca se aislaron siguiendo el método estándar; entraron en la literatura por una vía comercial.
- Un estudio preregistrado de 2017 no encontró ningún efecto de esas moléculas sobre la percepción de género ni sobre el atractivo de rostros.
- El órgano vomeronasal humano adulto no es funcional: carece de conexión nerviosa y el gen TRPC2, clave en su vía, es un pseudogen en primates catarrinos.
- La «sincronización menstrual» de 1971, argumento estrella del campo, se explica mejor por un artefacto estadístico.
Qué es exactamente una feromona
El término lo acuñaron Karlson y Lüscher en 1959 con una definición estricta: una sustancia emitida por un individuo que provoca en otro de la misma especie una reacción específica. No es un olor personal ni una preferencia aprendida; es una señal compartida por toda la especie, como una palabra que todos los miembros entienden igual.
El procedimiento para demostrarla también está establecido desde hace décadas: se parte de una respuesta conductual clara, se recoge el material biológico que la provoca, se fracciona químicamente y se comprueba qué fracción conserva el efecto, hasta llegar a la molécula. Así se identificó el bombicol de la polilla del gusano de seda en 1959, y así se han identificado feromonas en cientos de especies desde entonces.
Con los humanos ese proceso nunca se completó. Ni una sola vez.
De dónde salieron las «cuatro feromonas humanas»
Las moléculas que aparecen una y otra vez en artículos y etiquetas —androstadienona, estratetraenol, androstenona, androstenol— no llegaron a la ciencia por el camino descrito arriba. Como documentó el zoólogo Tristram Wyatt en una revisión muy citada en Proceedings of the Royal Society B, entraron en la literatura a través de estudios vinculados a una empresa de perfumes en los años ochenta y noventa, y desde entonces se han investigado por inercia: cada nuevo trabajo las usó porque el anterior las había usado.
Wyatt describió el resultado como «décadas perdidas»: cientos de experimentos construidos sobre candidatas que jamás superaron el primer filtro. A eso se suman los problemas metodológicos habituales de la psicología anterior a la crisis de replicación —muestras pequeñas, análisis flexibles, ausencia de preregistro— que en este campo fueron especialmente frecuentes.
Qué pasó cuando se hicieron bien los experimentos
En 2017, un equipo australiano puso a prueba las dos candidatas más populares con un diseño preregistrado, doble ciego y contrabalanceado. Expuso a los participantes a androstadienona o estratetraenol mientras juzgaban rostros del sexo opuesto. Ni la percepción de género, ni el atractivo, ni los juicios de infidelidad se movieron respecto al control. Los autores concluyeron que había llegado el momento de dejar de tratar esas moléculas como feromonas humanas.
Estudios preregistrados posteriores sobre efectos más sutiles —conducta prosocial, confianza— han apuntado en la misma dirección: efectos nulos o indistinguibles del ruido.
El órgano vomeronasal: un argumento que no sirve para ninguna de las dos partes
Muchos mamíferos detectan feromonas mediante el órgano vomeronasal, una estructura del tabique nasal con su propia vía hacia el cerebro. En los humanos adultos puede verse a veces una pequeña fosa en esa posición, pero no tiene neuronas sensoriales funcionales ni conecta con un bulbo olfatorio accesorio, que en nuestra especie desaparece durante el desarrollo. Además, el gen TRPC2, imprescindible para la transducción en esa vía, es un pseudogen en los primates catarrinos, y la mayoría de los genes de receptores vomeronasales humanos están inactivados.
Ahora bien, este dato se usa mal en las dos direcciones. No demuestra que no pueda haber feromonas humanas: en muchos mamíferos las feromonas se detectan por el epitelio olfatorio principal, que nosotros conservamos intacto. Lo que sí hace es desmontar el relato del «sexto sentido oculto» con el que se comercializan estos productos.
Los dos clásicos que todo el mundo cita
La sincronía menstrual. El estudio de 1971 sobre mujeres que convivían en una residencia universitaria se convirtió en prueba popular de la comunicación química humana. Reanalizado con métodos más cuidadosos, el fenómeno se desvanece: cuando dos ciclos de duración distinta se comparan a lo largo del tiempo, las fechas de inicio se acercan y se alejan por pura aritmética. Los estudios diseñados para detectarlo con controles adecuados no lo encuentran.
Las camisetas sudadas. El experimento de 1995 en el que unas mujeres puntuaron como más agradables los olores de hombres con perfiles inmunitarios (MHC) distintos al suyo es real y muy influyente. Pero, primero, no describe una feromona: describe una señal química individual, lo contrario de una respuesta compartida por toda la especie. Y segundo, las replicaciones han dado resultados inconsistentes, con efectos pequeños o ausentes en muestras más grandes. Es una hipótesis abierta, no un hecho establecido.
Entonces, ¿el olor influye en la atracción?
Sí, y esa parte no está en discusión. El olor corporal transmite información sobre dieta, higiene, salud, estrés y familiaridad, y modula juicios sociales de forma medible. Lo que ocurre es que eso son señales químicas individuales y aprendidas, no feromonas: varían de persona a persona y su significado depende de la experiencia previa de quien las percibe.
La candidata más prometedora a feromona humana genuina, curiosamente, no tiene nada que ver con el sexo. Es la secreción de las glándulas areolares durante la lactancia, que provoca en recién nacidos una respuesta de búsqueda y succión consistente en todos ellos. Es el único contexto humano donde se cumple el patrón de «respuesta compartida por la especie», y donde el enfoque clásico de aislamiento químico tendría sentido aplicarse.
Preguntas frecuentes
¿Funcionan los perfumes con feromonas?
No hay evidencia de que aumenten el atractivo. Contienen moléculas cuyo estatus de feromona humana nunca se demostró, y los ensayos controlados con esas sustancias no han encontrado efecto. Si alguien percibe que le funcionan, lo más probable es que actúe el efecto sobre la propia confianza, no sobre quien tiene delante.
¿Los humanos tenemos órgano vomeronasal?
Existe una estructura residual en algunos adultos, pero no es funcional: carece de neuronas sensoriales operativas y de vía nerviosa al cerebro. Cualquier comunicación química humana tendría que pasar por el olfato ordinario.
¿Significa esto que las feromonas humanas no existen?
Significa que ninguna ha sido identificada. Es una diferencia importante: ausencia de prueba no es prueba de ausencia. Lo que sí puede afirmarse es que las moléculas que se comercializan como tales no lo son.
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Referencias
- Wyatt TD. The search for human pheromones: the lost decades and the necessity of returning to first principles. Proc R Soc B. 2015;282(1804):20142994.
- Hare RM, Schlatter S, Rhodes G, Simmons LW. Putative sex-specific human pheromones do not affect gender perception, attractiveness ratings or unfaithfulness judgements of opposite sex faces. R Soc Open Sci. 2017;4(3):160831.
- Wyatt TD. Reproducible research into human chemical communication by cues and pheromones: learning from psychology’s renaissance. Philos Trans R Soc B. 2020;375(1800):20190262.
- Wedekind C, Seebeck T, Bettens F, Paepke AJ. MHC-dependent mate preferences in humans. Proc R Soc B. 1995;260(1359):245–249.
- Yang Z, Schank JC. Women do not synchronize their menstrual cycles. Human Nature. 2006;17(4):433–447.

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