El consumo de pornografía se sigue describiendo como un asunto masculino. Los datos publicados dicen otra cosa: la brecha existe, pero es bastante menor de lo que casi todo el mundo supone, y se estrecha en las cohortes jóvenes. Esto es lo que muestran las cifras y la investigación psicológica, sin moralina.

Preguntar por el consumo femenino de pornografía tiene una dificultad metodológica de partida: se mide con autoinforme, y el autoinforme está sometido a deseabilidad social. En una conducta socialmente marcada como «masculina», esa presión no es simétrica —declararla cuesta más a las mujeres—, lo que hace probable que las cifras publicadas sean un suelo y no un techo.

Aun asumiendo esa infraestimación, los números bastan para desmontar la idea de un consumo marginal. Y lo que resulta más interesante no es la magnitud, sino en qué se diferencian los patrones de consumo y cómo se clasifica clínicamente todo esto.

En 30 segundos

  • En una muestra de 1.392 adultos estadounidenses, el 60,2% de las mujeres declaró haber consumido pornografía en el último mes, frente al 91,5% de los hombres.
  • La brecha es de frecuencia e intensidad más que de existencia: no es que las mujeres no consuman, es que consumen menos y de forma distinta.
  • El formato diferencia más que el volumen: el vídeo domina en ambos sexos, pero las mujeres muestran una preferencia significativamente mayor por el material escrito.
  • La CIE-11 no reconoce la «adicción a la pornografía». Existe el trastorno por comportamiento sexual compulsivo (6C72), clasificado como trastorno del control de los impulsos, no como adicción.
  • Sentirse adicto correlaciona más con el conflicto moral que con la cantidad consumida: el malestar que procede solo de la desaprobación moral no basta para diagnosticar.

Cuántas mujeres consumen: el dato

Alrededor de seis de cada diez mujeres declaran consumo en el último mes. La cifra procede de un estudio publicado en The Journal of Sex Research sobre 1.392 adultos estadounidenses de 18 a 73 años: 60,2% de las mujeres frente a 91,5% de los hombres.

Conviene leer ese número con cuidado. Es una muestra de internet, no probabilística, lo que probablemente sesga al alza respecto de la población general. Pero el hallazgo relevante no es el valor absoluto: es que la distancia entre sexos, aun siendo real, resulta mucho menor que el estereotipo. La narrativa popular sugiere algo cercano a «los hombres sí, las mujeres no»; los datos describen «casi todos ellos, la mayoría de ellas».

Un matiz metodológico que explica buena parte del desorden en esta literatura: los estudios varían enormemente en cómo definen «consumir pornografía» y en qué ventana temporal usan. Preguntar por el último mes, el último año o «alguna vez en la vida» produce cifras que no son comparables entre sí. Por eso las estadísticas que circulan en prensa se contradicen tanto.

La brecha se estrecha en las generaciones jóvenes

Los análisis por cohortes apuntan de forma consistente en la misma dirección: la diferencia entre sexos es mayor en las generaciones mayores y menor en las jóvenes. La explicación más plausible combina dos factores: el acceso —gratuito, privado y desde el móvil, lo que elimina barreras que pesaban asimétricamente sobre las mujeres— y el cambio normativo, que reduce el coste social de reconocerlo.

Ese segundo factor plantea una pregunta que la investigación todavía no puede responder del todo: cuánto del aumento observado es consumo realmente nuevo y cuánto es consumo que antes existía y no se declaraba. Probablemente haya algo de ambos.

Qué cambia en el patrón, no en la cantidad

El hallazgo más consistente sobre diferencias no es de volumen sino de formato y contexto. El vídeo es mayoritario en ambos sexos, pero las mujeres reportan una preferencia significativamente mayor por el material escrito —un dato coherente con el enorme mercado de ficción erótica literaria, que rara vez se cuenta como «pornografía» en las encuestas y que probablemente contribuye a infraestimar el consumo femenino—.

También difieren las funciones declaradas. En el conjunto de la muestra, la función principal es acompañar la masturbación, pero los participantes respaldan un abanico amplio de motivos adicionales: curiosidad, regulación emocional, aburrimiento, exploración de la propia respuesta, uso en pareja. Reducir el consumo a una única función es una simplificación que los datos no sostienen.

Hay además un elemento fisiológico bien documentado que ayuda a interpretar todo esto: la concordancia entre la excitación genital medida y la excitación subjetiva declarada es notablemente menor en mujeres que en hombres. Es decir, cuerpo y percepción coinciden menos. Eso complica cualquier lectura simple del consumo femenino a partir de las respuestas fisiológicas.

La etiqueta de «adicción»: qué dice la clasificación oficial

Ni la CIE-11 ni el DSM-5-TR incluyen un diagnóstico de «adicción a la pornografía». Lo que la CIE-11 sí incorporó es el trastorno por comportamiento sexual compulsivo (código 6C72), y lo hizo dentro de los trastornos del control de los impulsos, no de las adicciones conductuales. La distinción no es burocrática: implica que el modelo de tolerancia y abstinencia propio de las sustancias no se considera establecido aquí.

Los criterios exigen un patrón persistente de fracaso en el control de impulsos sexuales repetitivos, mantenido al menos seis meses, con intentos infructuosos de reducirlo, continuidad pese a consecuencias negativas y malestar o deterioro funcional marcado. Y añaden una salvedad decisiva: el malestar que deriva únicamente de juicios morales y desaprobación sobre los propios impulsos no basta para cumplir el criterio.

Esa cláusula tiene respaldo empírico. La investigación sobre incongruencia moral muestra que la percepción de ser adicto se predice mejor por el conflicto entre los valores de la persona y su conducta que por la cantidad real consumida. Dos personas con consumo idéntico pueden diferir por completo en cuánto se sienten enfermas, según su marco moral y religioso. Es un dato relevante en la consulta: el sufrimiento es real, pero su origen no siempre está donde el paciente lo sitúa.

Preguntas frecuentes

¿Es cierto que cada vez más mujeres consumen pornografía?

Los datos por cohortes apuntan a que sí, con la brecha entre sexos estrechándose en las generaciones jóvenes. Pero parte de ese aumento puede reflejar mayor disposición a declararlo y no solo más consumo real. Con autoinforme es difícil separar ambas cosas.

¿Consumir pornografía perjudica la relación de pareja?

La evidencia es mixta y en su mayoría transversal, lo que impide establecer causalidad. Los datos disponibles sugieren que el factor que más pesa no es el consumo en sí sino la discrepancia entre miembros de la pareja y el secretismo. Cuando hay malestar, el problema suele estar en el acuerdo y la comunicación, no en la cifra de horas.

¿Cuándo conviene consultar?

Cuando hay pérdida de control sostenida en el tiempo, se mantiene pese a consecuencias claramente negativas —laborales, relacionales, económicas— y genera deterioro funcional. El criterio no es cuánto se consume, sino cuánto interfiere. Una valoración con un profesional de salud mental o sexología clínica permite distinguir un trastorno del control de los impulsos de un conflicto de valores.


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Sexualidad Basada en Evidencia. Ciencia, sin moralina y sin humo.

Referencias

  • Solano I, Eaton NR, O’Leary KD. Pornography consumption, modality and function in a large internet sample. The Journal of Sex Research. 2020;57(1):92–103.
  • Organización Mundial de la Salud. Clasificación Internacional de Enfermedades, 11.ª revisión (CIE-11), código 6C72: trastorno por comportamiento sexual compulsivo.
  • Kraus SW, Krueger RB, Briken P, et al. Compulsive sexual behaviour disorder in the ICD-11. World Psychiatry. 2018;17(1):109–110.
  • Grubbs JB, Perry SL, Wilt JA, Reid RC. Pornography problems due to moral incongruence: an integrative model with a systematic review and meta-analysis. Archives of Sexual Behavior. 2019;48(2):397–415.
  • Chivers ML, Seto MC, Lalumière ML, Laan E, Grimbos T. Agreement of self-reported and genital measures of sexual arousal in men and women: a meta-analysis. Archives of Sexual Behavior. 2010;39(1):5–56.

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