La brecha existe, pero es mucho más pequeña de lo que sugiere el imaginario popular, y se está cerrando generación tras generación. Lo que mejor predice una infidelidad no es el sexo de la persona, sino la calidad del vínculo, la historia previa y la oportunidad.
Pocas preguntas generan tanta certeza sin datos como esta. En la conversación cotidiana la respuesta parece obvia —«los hombres, claro»— y en la conversación de redes sociales la respuesta contraria se ha vuelto igual de dogmática. La evidencia epidemiológica ofrece algo más incómodo que cualquiera de las dos: una diferencia real, modesta, muy dependiente de cómo se pregunte, y que se estrecha casi hasta desaparecer entre los más jóvenes.
Vale la pena revisarla con calma, porque la pregunta «quién es más infiel» suele usarse como munición en discusiones de pareja, cuando lo verdaderamente útil —lo que la investigación sí permite afirmar— es qué condiciones aumentan el riesgo en cualquier persona.
En 30 segundos
- En encuestas poblacionales estadounidenses de gran escala, alrededor del 20 % de los hombres alguna vez casados y del 13 % de las mujeres reportan haber tenido relaciones sexuales con alguien distinto de su cónyuge durante el matrimonio.
- La diferencia es real, pero modesta: hablamos de unos pocos puntos porcentuales, no de mundos distintos.
- La brecha es máxima en las generaciones mayores y prácticamente se cierra en los adultos más jóvenes.
- Parte de la diferencia es artefacto de medición: las mujeres reportan bastante más infidelidad cuando la encuesta es anónima y autoadministrada que cuando la hace un entrevistador cara a cara.
- Los mejores predictores no son demográficos, sino relacionales: insatisfacción con el vínculo, insatisfacción sexual, historia previa de infidelidad y oportunidad.
Qué dicen los números, y de dónde salen
La fuente más citada es la General Social Survey estadounidense, una encuesta poblacional que desde hace décadas incluye una pregunta directa sobre haber tenido relaciones sexuales con alguien distinto del cónyuge estando casado. Sus análisis acumulados sitúan la cifra en torno al 20 % en hombres alguna vez casados y al 13 % en mujeres. Es decir: sí, hay una brecha, y sí, va en la dirección que la mayoría anticipa.
Conviene leer bien qué mide esa cifra. Es una prevalencia a lo largo de toda la vida matrimonial, no un riesgo anual. Cuando se pregunta por los últimos doce meses en muestras de personas casadas, las estimaciones caen a un rango aproximado de 2 a 4 %. La discrepancia entre ambas cifras explica buena parte de la sensación de que «todo el mundo engaña»: acumular décadas de vida conyugal no es lo mismo que describir lo que ocurre en un año cualquiera.
Por qué la brecha se está cerrando
El dato más interesante no es el promedio, sino cómo se distribuye por edad. La diferencia entre hombres y mujeres es amplia en las cohortes mayores —las que se casaron en contextos con papeles de género mucho más rígidos y con menor participación femenina en el mercado laboral— y se vuelve pequeña, cuando no estadísticamente indistinguible, entre los adultos jóvenes.
Esto encaja mejor con una explicación de oportunidad y contexto social que con una diferencia biológica fija. A medida que hombres y mujeres comparten espacios laborales, ingresos, redes sociales y acceso a plataformas digitales, sus tasas de conducta extradiádica convergen. La oportunidad es un factor conductual poderoso y ha cambiado de forma asimétrica entre sexos a lo largo del último medio siglo.
El problema de medir algo que la gente prefiere ocultar
Toda cifra de infidelidad es, en el mejor de los casos, un piso. La conducta se estigmatiza de forma desigual según el sexo, y eso se filtra en las respuestas. Un trabajo clásico comparó, en una muestra nacional de mujeres estadounidenses, la infidelidad reportada mediante entrevista cara a cara frente a un cuestionario autoadministrado por computadora: la prevalencia reportada en los últimos doce meses fue varias veces mayor con el método anónimo.
La lectura es directa: si el sesgo de deseabilidad social pesa más en las mujeres, una parte no despreciable de la brecha observada podría ser un artefacto del instrumento y no una diferencia de conducta. No hay forma limpia de saber cuánta. Por eso, cualquier afirmación tajante sobre «quién engaña más» debería acompañarse de esa advertencia metodológica.
Definir «infidelidad» ya cambia el resultado
Las encuestas grandes suelen preguntar por sexo con penetración fuera de la pareja. Es una definición estrecha y operativamente cómoda, pero deja fuera casi todo el terreno donde hoy ocurren los conflictos reales: mensajería privada sostenida, vínculos emocionales paralelos, consumo de contenido interactivo, encuentros que no llegan al coito.
Cuando se amplía la definición a la infidelidad emocional, las cifras suben y las diferencias entre sexos tienden a atenuarse o incluso invertirse en algunos estudios. Dicho de otro modo: buena parte del debate «hombres vs. mujeres» consiste en que cada bando usa una definición distinta de la palabra.
Lo que sí predice una infidelidad
Aquí la evidencia es más útil que en la pregunta original. El sexo de la persona explica una fracción pequeña de la varianza; los factores del vínculo y del contexto explican bastante más.
Factores del vínculo
La insatisfacción con la relación y la insatisfacción sexual aparecen de forma consistente como predictores. También la calidad de la comunicación y la presencia de conflicto crónico no resuelto. En estudios que evalúan a ambos miembros de la pareja, los factores relacionales pesan especialmente en las mujeres, mientras que en los hombres los rasgos de excitabilidad e inhibición sexual aportan una parte adicional del riesgo.
Factores individuales y de contexto
Historia previa de infidelidad —propia o en la relación anterior—, estilos de apego inseguros, consumo de alcohol en contextos sociales, y sobre todo oportunidad: viajes frecuentes, entornos laborales con alta interacción y redes sociales amplias fuera de la pareja. La oportunidad no crea el deseo, pero convierte una posibilidad abstracta en una decisión concreta.
¿Y las explicaciones evolutivas?
Existe una literatura amplia que interpreta la brecha en clave de estrategias reproductivas diferenciales. Es una hipótesis legítima y con respaldo teórico, pero tiene un problema empírico serio: si la diferencia fuera fundamentalmente biológica, no debería estrecharse tanto entre cohortes en apenas dos generaciones. La convergencia observada apunta a que el contexto social y la oportunidad hacen buena parte del trabajo explicativo. Lo más honesto hoy es asumir una interacción entre ambos niveles, sin atribuir a la biología lo que la sociología explica mejor.
Preguntas frecuentes
¿Entonces los hombres sí son más infieles?
En promedio y con las definiciones habituales, sí, pero por un margen modesto —unos siete puntos porcentuales de prevalencia vital— que se reduce mucho en las cohortes jóvenes y que podría estar inflado por diferencias en la sinceridad al responder.
¿La infidelidad siempre termina la relación?
No. Es un predictor potente de ruptura, pero una proporción relevante de parejas continúa junta. Los desenlaces varían mucho según el tipo de infidelidad, cómo se descubrió y si hay acceso a terapia de pareja con un enfoque estructurado.
¿Sirve vigilar el teléfono para prevenirla?
No hay evidencia de que la vigilancia reduzca el riesgo, y sí de que se asocia a menor satisfacción y mayor conflicto. Los factores modificables con respaldo son la calidad de la comunicación, la satisfacción sexual y los acuerdos explícitos sobre límites.
Si te interesa dónde empieza exactamente el engaño cuando no hay contacto físico, revisa infidelidad emocional y micro-infidelidades. Y si la pregunta de fondo es si la exclusividad es la única fórmula posible, aquí analizamos qué dicen los datos sobre la monogamia y las relaciones abiertas.
Sexualidad Basada en Evidencia. Ciencia, sin moralina y sin humo.
Referencias
- Wang W. Who Cheats More? The Demographics of Infidelity in America. Institute for Family Studies, 2018 (análisis de la General Social Survey).
- Whisman MA, Snyder DK. Sexual infidelity in a national survey of American women: differences in prevalence and correlates as a function of method of assessment. J Fam Psychol. 2007;21(2):147–154.
- Fincham FD, May RW. Infidelity in romantic relationships. Curr Opin Psychol. 2017;13:70–74.
- Mark KP, Janssen E, Milhausen RR. Infidelity in heterosexual couples: demographic, interpersonal, and personality-related predictors of extradyadic sex. Arch Sex Behav. 2011;40(5):971–982.
- Atkins DC, Baucom DH, Jacobson NS. Understanding infidelity: correlates in a national random sample. J Fam Psychol. 2001;15(4):735–749.

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