«Una vez infiel, siempre infiel» es uno de los refranes más repetidos sobre las relaciones. Lo incómodo es que tiene una base empírica real: el antecedente de infidelidad es uno de los predictores más potentes que existen. Lo que el refrán esconde es que triplicar una probabilidad no es lo mismo que condenar a nadie.
Durante décadas, la pregunta sobre la infidelidad recurrente se respondió con intuición moral: o se creía que las personas no cambian, o se creía que todo depende de la relación. El problema metodológico es evidente: para saber si alguien reincide hay que seguirlo a través de distintas relaciones, no preguntarle una sola vez por su pasado.
En 2017 un equipo de la Universidad de Denver hizo exactamente eso y publicó un estudio longitudinal que dio al refrán su primera prueba seria. La respuesta corta: el patrón existe, es medible y es sorprendentemente simétrico —afecta tanto a quien es infiel como a quien lo sufre y a quien sospecha—. Pero no es determinismo.
En 30 segundos
- El refrán acierta en dirección, no en magnitud. Quienes habían sido infieles en una relación tuvieron alrededor de tres veces más probabilidad de volver a serlo en la siguiente.
- El patrón es simétrico. Quienes supieron que su pareja había sido infiel tuvieron alrededor del doble de probabilidad de volver a pasar por lo mismo; quienes solo sospecharon, unas cuatro veces más de volver a sospechar.
- Triplicar no es sentenciar. Una proporción importante de quienes habían sido infieles no reincidió: el riesgo relativo sube, la certeza no aparece.
- Los predictores son psicológicos, no morales: sociosexualidad no restringida, evitación en el apego, impulsividad, insatisfacción y, muy especialmente, oportunidad.
- El patrón se puede romper. Las parejas que llegan a terapia tras una infidelidad parten más deterioradas, pero mejoran a mayor velocidad y terminan en niveles comparables a las demás.
El estudio que puso a prueba el refrán
El diseño es lo que hace valioso al trabajo de Knopp y colaboradores, publicado en Archives of Sexual Behavior. En lugar de preguntar retrospectivamente «¿ha sido usted infiel alguna vez?», el equipo siguió a cientos de adultos jóvenes a lo largo de relaciones consecutivas, registrando en cada una si había habido sexo fuera de la pareja. Así se puede comparar a la misma persona consigo misma en dos contextos románticos distintos.
El resultado principal fue claro: haber sido infiel en la primera relación multiplicaba por unas tres veces la probabilidad de volver a serlo en la segunda. El hallazgo más interesante, sin embargo, fue el de las otras dos sillas. Quienes supieron con certeza que su pareja había sido infiel tenían aproximadamente el doble de probabilidad de que volviera a ocurrirles con otra persona, y quienes sospecharon sin confirmación cuadruplicaban la probabilidad de volver a sospechar.
Ese último dato admite dos lecturas que conviene no confundir: puede reflejar una tendencia real a elegir parejas con perfiles similares, o puede reflejar que la sospecha, una vez instalada, se convierte en una lente que se arrastra de una relación a otra. El estudio no puede distinguirlo, y nadie debería venderlo como si pudiera.
Por qué se repite: predictores, no carácter
La reincidencia no se explica por una esencia moral, sino por variables que tienden a permanecer estables cuando cambia la pareja. La más estudiada es la sociosexualidad no restringida: la disposición a tener relaciones sexuales sin vínculo afectivo, que se mide con escalas validadas y es notablemente estable en el tiempo. Quien la puntúa alta no cambia al cambiar de relación.
El apego evitativo es el segundo gran candidato. Una serie de estudios de DeWall y colaboradores mostró que las personas con alta evitación prestan más atención a las alternativas disponibles y muestran mayor disposición a la infidelidad, un mecanismo que no depende de la calidad de la relación concreta. A ello se suman la impulsividad, la baja escrupulosidad y los rasgos narcisistas.
Hay un factor que la conversación popular casi siempre ignora: la oportunidad. Profesiones con viajes frecuentes, redes sociales amplias, entornos con muchas alternativas disponibles y consumo de alcohol elevan la probabilidad independientemente de la personalidad. Y el trabajo de Mark, Janssen y Milhausen añadió un matiz relevante: en los hombres pesaba más la insatisfacción sexual y los rasgos de excitabilidad, mientras en las mujeres pesaba más la insatisfacción relacional.
Cuánta infidelidad hay, de verdad
Toda cifra de reincidencia debe leerse sobre una base. Los análisis de la Encuesta Social General estadounidense, la fuente más sólida disponible, sitúan en torno al 21 % de los hombres y al 13 % de las mujeres casados quienes reconocen haber tenido sexo extramarital alguna vez en la vida. Son datos autoinformados sobre una conducta socialmente sancionada: hay que asumir subregistro.
Eso tiene una implicación estadística que conviene subrayar. Si la prevalencia base es moderada, triplicarla no produce una certeza: produce una minoría significativa. Confundir un riesgo relativo con una probabilidad absoluta es el error más común al citar este estudio, y el que alimenta el refrán en su versión más injusta.
¿Se puede romper el patrón?
Sí, y hay datos. El estudio de Atkins y colaboradores con parejas en terapia comunitaria encontró que quienes llegaban tras una infidelidad partían de un deterioro mayor, pero mejoraban a un ritmo más rápido y terminaban el tratamiento en niveles de satisfacción comparables a los de las parejas sin ese antecedente. El pronóstico no es el que el sentido común supone.
Qué parece marcar la diferencia
Los modelos de tratamiento específicos para infidelidad coinciden en tres elementos: contención del impacto inicial, comprensión compartida de los factores que lo hicieron posible —incluida la oportunidad y los patrones individuales— y una decisión explícita sobre el futuro del vínculo. El elemento que distingue a quien no reincide no es el arrepentimiento, sino el cambio en las condiciones: transparencia verificable, límites concretos y, cuando procede, trabajo individual sobre impulsividad o evitación.
Lo que la evidencia no respalda es el uso del dato de «tres veces más» como herramienta de vigilancia sobre una pareja concreta. Un predictor poblacional no diagnostica a un individuo. Sirve para decidir qué condiciones se necesitan para volver a confiar, no para dar por hecho el resultado.
Preguntas frecuentes
¿Debería preguntar a mi pareja por su historial de infidelidades?
Es información relevante, pero su valor pronóstico es limitado y su valor relacional depende de cómo se use. Preguntarlo para entender qué pasó y en qué condiciones es razonable; preguntarlo para construir un expediente tiende a deteriorar precisamente la confianza que se quería proteger.
¿La infidelidad emocional recurrente cuenta igual?
La mayoría de los estudios longitudinales mide sexo fuera de la pareja, porque es lo más fácil de definir con precisión. La investigación sobre vínculos emocionales exclusivos es más escasa y heterogénea, así que extrapolar la cifra de «tres veces» a ese terreno no está justificado por los datos disponibles.
¿Es mejor terminar o intentar reconstruir?
La evidencia no responde esa pregunta, porque no es una pregunta empírica sino una decisión personal. Lo que sí muestra es que la reconstrucción es posible con más frecuencia de lo que se supone, y que las probabilidades mejoran cuando hay ayuda profesional y cambios verificables, no solo promesas.
Para seguir el hilo: Confesar una infidelidad: qué dice la evidencia examina qué ocurre cuando la información sale a la luz y qué variables predicen el desenlace, y Infidelidad y autoestima: qué dice la evidencia revisa el impacto en quien la sufre, incluida la tendencia a leer el episodio como un veredicto sobre uno mismo.
Sexualidad Basada en Evidencia. Ciencia, sin moralina y sin humo.
Referencias
- Knopp K, Scott S, Ritchie L, Rhoades GK, Markman HJ, Stanley SM. Once a cheater, always a cheater? Serial infidelity across subsequent relationships. Arch Sex Behav. 2017;46(8):2301–2311.
- Labrecque LT, Whisman MA. Attitudes toward and prevalence of extramarital sex and descriptions of extramarital partners in the 21st century. J Fam Psychol. 2017;31(7):952–957.
- Mark KP, Janssen E, Milhausen RR. Infidelity in heterosexual couples: demographic, interpersonal, and personality-related predictors of extradyadic sex. Arch Sex Behav. 2011;40(5):971–982.
- DeWall CN, et al. So far away from one’s partner, yet so close to romantic alternatives: avoidant attachment, interest in alternatives, and infidelity. J Pers Soc Psychol. 2011;101(6):1302–1316.
- Atkins DC, Marín RA, Lo TT, Klann N, Hahlweg K. Outcomes of couples with infidelity in a community-based sample of couple therapy. J Fam Psychol. 2010;24(2):212–216.

Deja una respuesta