Son la fantasía más declarada en los grandes estudios sobre deseo y, a la vez, una de las menos ejecutadas. Ese desajuste —casi todos la imaginan, uno de cada siete la ha vivido— es el dato más interesante, y el que mejor explica qué función cumple realmente una fantasía.

Pocos temas generan tanta ansiedad silenciosa. La persona que imagina un encuentro con más de una pareja suele llegar a la consulta —o al buscador— con dos preguntas encadenadas: si eso es normal y si significa que su relación no le basta. La investigación sobre fantasías sexuales responde a la primera con bastante claridad y a la segunda con un matiz importante.

Lo que sigue es un recorrido por los datos de prevalencia y por la psicología del fenómeno: quién lo fantasea, cuántos lo llevan a la práctica, qué papel juega el rol que uno se asigna en la escena y qué se sabe —poco— sobre las consecuencias en la pareja.

En 30 segundos

  • Las fantasías con más de una pareja son la temática más frecuente en la encuesta de fantasías más amplia publicada: el 89 % de 4.175 adultos estadounidenses declaró haber fantaseado con un trío y el 74 % con escenas de más participantes.
  • Esa encuesta no es una muestra probabilística, así que sirve para ordenar temáticas, no para estimar prevalencia poblacional.
  • En una muestra representativa de 2.021 adultos de EE. UU., la experiencia real a lo largo de la vida fue del 17,8 % en hombres y el 10,3 % en mujeres para un trío (13,9 % global), y del 8,8 % para encuentros con más participantes.
  • La brecha entre fantasear y hacer es la norma, no la excepción: una fantasía frecuente no es una intención, y el contenido de lo que se imagina no predice la conducta.
  • La diferencia por sexo es consistente en interés y en experiencia, y los datos sobre el efecto en la relación son escasos, retrospectivos y de muestras autoseleccionadas.

La fantasía más declarada (con una letra pequeña)

Es la temática que encabeza las listas. En la encuesta de 4.175 adultos estadounidenses publicada en 2018 —350 preguntas sobre contenido de fantasías— el 97 % reconoció tener fantasías sexuales, y las que implicaban más de una pareja fueron el bloque temático más frecuente, por delante de las de poder y control: un 89 % declaró haber fantaseado alguna vez con un trío y un 74 % con escenas de más participantes.

La letra pequeña importa. Esa muestra se reclutó por internet y no es probabilística: quien responde a una encuesta larga sobre fantasías no representa a la población general. El dato robusto que aporta no es el porcentaje exacto, sino el orden: entre las temáticas que la gente declara, esta aparece arriba de forma muy consistente.

Esto encaja con una línea de investigación previa sobre qué fantasías son estadísticamente inusuales. Cuando se midió sistemáticamente en población general, buena parte de las fantasías que la cultura trata como raras resultaron ser comunes o incluso mayoritarias, y muy pocas cumplieron el criterio de verdaderamente inusuales. La conclusión metodológica fue clara: la rareza de una fantasía es una cuestión empírica, y la intuición se equivoca a menudo.

De la fantasía a la práctica: el salto que casi nadie da

La experiencia real es minoritaria y está bien medida. En una muestra probabilística nacional de 2.021 adultos estadounidenses (975 hombres y 1.046 mujeres), con estimaciones ponderadas, la proporción que había participado alguna vez en un encuentro de tres personas fue del 17,8 % en hombres y del 10,3 % en mujeres —13,9 % en el total—, y la de encuentros con más participantes, del 11,5 % y el 6,3 % respectivamente (8,8 % global).

Póngase junto al dato anterior y aparece la cifra que de verdad explica el tema: alrededor de nueve de cada diez lo han imaginado y algo más de uno de cada diez lo ha hecho. Ese mismo estudio midió también el atractivo declarado, y ahí la distancia entre sexos es grande: en torno a un tercio de los hombres y alrededor de una de cada diez mujeres calificaron la idea como atractiva.

Esa asimetría se ha replicado. Un estudio de réplica y extensión en adultos norteamericanos volvió a encontrar diferencias consistentes por sexo en actitudes, interés y experiencia, y añadió algo que se suele omitir en la conversación pública: los desenlaces no son uniformemente buenos ni uniformemente malos, y varían mucho según el contexto y las expectativas previas.

El rol importa más que el escenario

Dos personas que describen la misma escena pueden estar fantaseando cosas psicológicamente distintas. Lo que organiza la fantasía no es el número de participantes sino el rol que uno se asigna: ser el centro de atención, observar, ceder el control, sentirse deseado o deseable, o imaginar el deseo de la propia pareja hacia uno. Son motivaciones diferentes, y por eso la misma imagen puede resultar excitante para alguien y amenazante para otro.

Novedad, no insatisfacción

La función más habitual que describen estas fantasías es la novedad, no la carencia. Introducen un elemento imprevisible en un guión conocido, que es precisamente lo que el deseo responde bien. Interpretar automáticamente la fantasía como un síntoma de que la relación falla no tiene respaldo empírico: el contenido de lo que se imagina no es un diagnóstico de lo que se vive.

¿Y si se habla en pareja?

Aquí la evidencia es la más débil de todo el artículo, y conviene decirlo. Entre quienes han llevado alguna fantasía a la práctica, los informes retrospectivos tienden a ser más positivos que negativos, tanto en satisfacción como en efecto percibido sobre la relación. Pero son datos autoinformados, de muestras autoseleccionadas y recogidos después del hecho: las parejas a las que les fue mal participan menos en estas encuestas, y el recuerdo se reorganiza según el resultado.

Lo que sí se repite en la literatura clínica es cuál es la variable que distingue las experiencias buenas de las malas: no la práctica en sí, sino el acuerdo previo, el motivo por el que se hace —curiosidad compartida frente a intento de reparar algo roto— y la posibilidad real de decir que no sin coste.

Preguntas frecuentes

¿Es normal tener fantasías grupales?

Sí, por frecuencia es una de las temáticas más comunes que existen: en el estudio más amplio disponible la declaró la gran mayoría de los participantes. Tener una fantasía recurrente no indica por sí mismo ningún trastorno; lo que se valora clínicamente es el malestar, el carácter intrusivo o las consecuencias, no el contenido.

¿Fantasearlo significa que quiero hacerlo?

No necesariamente, y los números lo muestran con claridad: la proporción que lo imagina es varias veces mayor que la que lo ha hecho, y una parte considerable de quienes lo fantasean no tiene ningún interés en materializarlo. La fantasía funciona con reglas propias, sin consecuencias ni riesgo, que es justo lo que la hace excitante.

¿Debo contárselo a mi pareja?

No hay una respuesta única respaldada por evidencia. Compartir una fantasía puede acercar o tensar según el clima previo de la relación y según cómo se plantee: hay diferencia entre compartir algo que se imagina y proponer un plan. Si el tema genera conflicto sostenido o ansiedad importante, la terapia sexual y de pareja es el espacio adecuado.


Sobre la misma lógica de fantasear sin querer ejecutar, revisamos los datos en fantasías con desconocidos: qué dice la evidencia; y si la pregunta real es cómo plantear el tema, está desarrollado en compartir fantasías con la pareja.

Sexualidad Basada en Evidencia. Ciencia, sin moralina y sin humo.

Referencias

  • Herbenick D, Bowling J, Fu TC, Dodge B, Guerra-Reyes L, Sanders S. Sexual diversity in the United States: results from a nationally representative probability sample of adult women and men. PLoS One. 2017;12(7):e0181198.
  • Lehmiller JJ. Tell Me What You Want: The Science of Sexual Desire and How It Can Help You Improve Your Sex Life. Da Capo Press; 2018.
  • Joyal CC, Cossette A, Lapierre V. What exactly is an unusual sexual fantasy? J Sex Med. 2015;12(2). doi:10.1111/jsm.12734
  • Thompson AE, et al. Exploring variations in North American adults’ attitudes, interest, experience, and outcomes related to mixed-gender threesomes: a replication and extension. Arch Sex Behav. 2021. doi:10.1007/s10508-020-01829-1

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